El Cruce de los Andes a pie…. ¡por la Mater!

CRUZADA DE MARÍA, José María Iturrería. La CRUZADA DE MARÍA, unión a pie de los Santuarios de La Puntilla, Mendoza, Argentina y de Bellavista, Santiago, Chile, ha concluido para estos 120 integrantes de la Juventud Masculina de Schoenstatt. Una hazaña que incluye 15 días, para cubrir los 400 Km. de un camino exigente que finalmente sintetiza el contenido de la vida misma: cuestas a favor y pendientes contrarias. Ambas realidades enfrentadas con la fuerza que emana de la definición que los mismos cruzados le dan a esta gesta: UNA LOCURA DE AMOR POR MARÍA.

¡Cruzada de María! ¡EN MARCHA!

“¡Buen día peregrinos! Son las 4 de la mañana. ¡Hora de levantarse!”. Con esa frase, que todavía hoy resuena en mis oídos, el P. Joselo nos despierta cada mañana de la Cruzada de María 2010. A más de uno al principio le pareció una broma cuando nos dijeron que había que levantarse todos los días a las 4 AM, pero de inmediato nos dimos cuenta de que la cosa era bien en serio, y que había una muy buena razón para hacerlo.

La Cruzada de María no es otra cosa que el cruce a pie de la cordillera de los Andes, desde el Santuario de Mendoza, Argentina, hasta el Santuario de Bellavista, en Santiago de Chile. Recorremos en 15 días una distancia de 400 km, y por ello debemos caminar entre 20 y 30 km diarios. En pleno verano y a 3000 metros de altura el sol en las montañas pega fuerte, por eso hay que aprovechar bien la madrugada para caminar, que es cuando está más fresquito.

¿Y cómo es nuestro día? A las 5.00 AM estamos terminando el desayuno que nos prepara el equipo de cocina. ¡Un nada despreciable chocolate caliente y un pan con membrillo para animarnos! Tras la oración de la mañana se oye fuerte nuestro grito de guerra: “¡Cruzada de María! ¡EN MARCHA!”. Ahí comienza la caminata, que se prolonga generalmente hasta las 1.00 PM, cuando llegamos a destino. Caminar por esos maravillosos paisajes de montaña es ya una experiencia en sí misma, pero caminar con la Mater al frente, y junto a 120 jóvenes de Argentina, Brasil, Chile, Ecuador, Paraguay, Uruguay, México, Alemania, República Checa e India es algo único. No se trata de un simple caminar, sino de peregrinar juntos.

El pasaje de Emaús (Lc 24, 13-34) puede ilustrar muy bien lo que quiero decir. El camino se convierte en una oportunidad para dialogar, compartir y enriquecerse con la vida del otro, y así ambos abrirnos al encuentro con el Señor Resucitado, que camina con nosotros. Cada uno tiene una historia que contar, algo para compartir y regalar, y es allí donde más podemos ver y sentir la alegría de ser “hermanos cruzados”. Esas son las horas de la generosidad, de la escucha atenta, y en definitiva, de la amistad. Un simple caramelo, un pedazo de turrón o un poco de frutas secas para compartir marcan la diferencia entre estar solo o sentir el calor de la fraternidad.

El amor… ¡Es MÁS FUERTE!

Tras unas horas de peregrinar el calor se comienza a sentir, como también se sienten la sed, el hambre, los dolores musculares e incluso las ampollas. La Cruzada es capaz de sacar lo peor y lo mejor de nosotros. Uno puede quedarse en la queja frente al dolor o dar el paso hacia la solidaridad. Cuando me abro a descubrir que no estoy solo es cuando me doy cuenta de que puedo ir “más allá de mi metro cuadrado” y hacer algo por el otro. Cuando me abro a ver la fragilidad en mi alrededor es cuando – ¡oh paradoja! – ¡menos sufro la mía propia! De la conciencia de ser hermanos surge la alegría del compartir, y con ella la apertura de todo un nuevo horizonte, porque puedo decir: “hermano, voy contigo”. Sin embargo para superar estas cosas también hace falta fortaleza y la voluntad firme de continuar, tanto como una abundante cuota de agua para beber, y la tan preciada “barrita de cereal” que era para nosotros el mejor “remedio” contra el cansancio.

Cumplidas unas 8 horas de caminata a través de los cordones montañosos llegamos a la parada final del día. ¡Por fin! A veces se trata de un pueblo donde hay un destacamento del Ejército que nos recibe, o puede ser un río que corre entre las montañas. Sea como fuere, el calor nos da siempre la bienvenida, por lo que hay que buscar algo de sombra donde guarecerse. ¡En estos días he visto derroches de creatividad entre los cruzados para conseguir algo de “sombrita”! Entre los primeros puestos del ranking están los cruzados “mecánicos”, que se colocan sabiamente debajo del camión del Ejército Argentino que nos acompaña durante el caminar. Apilados bajo el chasis, incluso entre las ruedas, se pueden instalar unos 15 “mecánicos”.

A la 1.00 PM, junto con la parada final llega el almuerzo. Ni pensar en platos elaborados, más bien cabe todo en una pequeña bolsita amarilla. ¡Nunca me alegré tanto por comer 1 papa, 1 tomate, 1 huevo duro, 1 pan y 1 naranja! Con el hambre y el cansancio, hasta nos parecía un manjar digno del “Hilton”. Ni bien acaba el almuerzo cuando uno comienza a sentir sueño. La siesta es indispensable, ya que por la noche uno duerme, en promedio, 5 horas. Por ello estas son las horas más silenciosas de la Cruzada. Prácticamente todos quedamos por esas horas “en los brazos de Morfeo”.

Por la tarde comienza a bajar el sol y nos reunimos por grupos y comunidades para compartir las experiencias del día. Nos acompaña siempre un buen “mate cocido” caliente que la cocina prepara. Finalmente, al caer el sol y antes de la cena y de acostarnos hasta el nuevo día, todos nos reunimos para compartir juntos la Eucaristía. La Misa es un momento para renovarse, para encenderse y para “cargar las pilas” del alma; y las prédicas de cada uno de los 8 Padres que nos acompañan nos ayudan a eso. Sólo es posible sobrellevar la dureza de la Cruzada cuando se tiene un “para qué”, es decir, un sentido para hacerla. No es algo inusual que al tercer día, luego de las ampollas, del calor y el cansancio uno se pregunte a sí mismo: “¡¿Qué estoy haciendo acá?! ¿Quién me mandó venir?”. Es ahí donde se puede calar hondo, donde uno puede descubrir que la Cruzada es como un bautismo porque “imprime carácter”, es decir, te marca y te transforma, como decía Fabián, de Uruguay. De él recuerdo uno de los mejores “para qué” de esta Cruzada de María: “Al otro lado de estas montañas me espera mi bautismo”. Para él fue un largo camino, y a la vez una hermosa preparación para el sacramento de la iniciación cristiana, que pudo recibir en la misa de clausura.

Lo fundamental: la libertad interior en Cristo y en María

¿Pero qué fue la Cruzada de María? Para cada uno es una experiencia única. Sin embargo quisiera recordar aquí algunas anécdotas que nos marcaron. La Cruzada 2010 fue una Cruzada Libertadora. Este año recordamos que se cumple el Bicentenario de Chile y Argentina, y que hace casi 200 años se hizo el Cruce de los Andes del Ejército que conquistó la libertad para nuestros pueblos latinoamericanos. La libertad se regala cuando ella primero se conquista. Aprendimos que no hay “liberación de los pueblos” si primero no hay “libertad interior”. Por eso la quisimos conquistar durante la primera parte de nuestra Cruzada, hasta llegar al Cristo Redentor, a 4000 mts de altura. Descubrimos así que fue Cristo quien, como nos decía el P. Facundo, cruzó los Andes de nuestro interior y recorrió las montañas de nuestro corazón para darnos, de manos de María, esa verdadera libertad. Así abrazamos al Cristo Redentor haciendo de nosotros un Santuario Vivo que lo rodeaba, al grito de “¡Unidad! ¡Unidad! ¡Unidad!” (los que estuvimos allí lo recordamos con una sonrisa, porque el grito no vino de nosotros sino de un grupo evangélico que por esos momentos estaba allí y nos vio llegar con banderas y al son del Himno de Franz Reinisch).

Así, la cruzada “liberada”, al bajar a Chile, se convirtió en cruzada “libertadora”, porque caminamos hacia nuestras patrias para regalarles la verdadera libertad, que sólo se puede encontrar en Cristo y María. Ese era el tesoro que queríamos regalar y trasmitir. Mucha gente nos veía pasar, una columna de 120 jóvenes con banderas en alto y al ritmo de los himnos de Schoenstatt.

Libertadora y en comunidad… ¡Hacia 2014!

Miradas curiosas, saludos de los autos, bocinas de camiones no nos faltaron, y personas generosas que nos ayudaron en el camino, gracias a Dios, tampoco. Desde la Familia de Mendoza que nos dio la bienvenida a su Santuario, pasando por el Ejército Argentino, la Gendarmería Nacional, el Ejército de Chile, los Carabineros, los Madrugadores del Santuario, las familias de la Parroquia de Carrascal, hasta las Hermanas de María, la Federación de Señoras, y tantas otras personas que nos animaron durante el caminar.

La Cruzada de María 2010 se hizo libertadora porque también nos comprometimos como JM Latinoamericana a caminar juntos hacia el 2014. Se acerca el centenario de nuestra Familia y no se trata de recordar y celebrar un acontecimiento pasado sino de ser refundadores y “salir a la calle” a regalar Schoenstatt. Por eso como JM queremos ser protagonistas y desde ya preparar el camino a la Cruzada del 2014 viviendo la unidad internacional, luchando por instaurar una cultura de Alianza y animados por el fuego de la misión.

Si tuviera que resumir en una frase lo que fue para nosotros la Cruzada, me viene a la memoria una pregunta que me hizo una señora, admirada de ver tantos jóvenes cruzando la cordillera: “¿Por qué hacen esto?”. La respuesta inmediata fue: “¡Por la Virgen!”. ¿Por quién más podríamos hacer semejante locura? Creo, personalmente, que por nadie más en el mundo.

N. de la R: El autor es seminarista de los Padres de Schoenstatt, su comunidad de origen es La Plata, Buenos Aires, y en el corriente año recibirá su Ordenación Diaconal y luego la Sacerdotal.

Fuente: http://www.schoenstatt.de

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