CARTA DE ALIANZA – DICIEMBRE DE 2009

Queridos hermanos en la Alianza:

Hace unos años me contaron esta historia de un grupo de jóvenes misioneros:

“Estábamos misionando en una pequeña ciudad del interior y se acercaba la Navidad y los niños del hogar iban a escuchar la historia de la Nochebuena, muchos por primera vez. Les contamos acerca de María y José llegando a Belén, de cómo no encontraron lugar en las posadas, por lo que debieron ir a un establo, donde finalmente el Niño Jesús nació y fue puesto en un frío pesebre junto a una vaca y un burro.

A lo largo de la historia, los chicos no podían contener su asombro. Una vez terminada la misma, les dimos a los chicos pequeños trozos de cartón para que hicieran un pesebre. A cada uno se le dio un cuadrito de papel cortado de unas servilletas amarillas. Siguiendo las instrucciones, los chicos cortaron y doblaron el papel cuidadosamente colocándole tiras de paja. Unos pequeños cuadritos de franela fueron usados para hacerle la manta al Niño. Y con papel rosado hicieron la figura de un bebé. Mientras los niños armaban sus pesebres yo caminaba entre ellos para ver si necesitaban alguna ayuda. Todo fue bien hasta que llegué donde el pequeño Luisito estaba sentado. Parecía tener unos seis años y había terminado su trabajo. Cuando miré su pesebre quedé sorprendido al no ver un solo niño dentro de él sino dos. Le pregunté, entonces, por qué había dos bebes en ese pesebre. Luisito cruzó sus brazos y observando su trabajo comenzó a repetir la historia muy seriamente. Por ser el relato de un niño que había escuchado la historia de Navidad una sola vez estaba muy bien, hasta que llegó la parte donde María pone al bebé en el pesebre.

En ese momento Luisito empezó a desarrollar su propio final de la historia y dijo:

Y cuando María dejó al bebé en el pesebre, Jesús me miró y me preguntó si yo tenía un lugar para estar. Yo le dije que no tenía mamá ni papá, ni tampoco un hogar. Entonces Jesús me dijo que yo podía estar allí con Él. Le dije que no podía, porque no tenía un regalo para darle. Pero yo quería quedarme con Jesús, por eso pensé qué cosa tenía que pudiese darle a Él como regalo. Se me ocurrió que un buen regalo podría ser darle calor. Por eso le pregunté a Jesús: “¿Si te doy calor, ese sería un buen regalo para ti?”. Y Jesús me dijo: “Luisito, si me das calor, ese sería el mejor regalo que jamás haya recibido”. Por eso me metí dentro del pesebre y Jesús me miró y me dijo que podía quedarme allí, con él, para siempre.

Cuando Luisito terminó su historia, sus ojitos brillaban llenos de lágrimas. Tenía una alegría nueva y profunda: había encontrado a Alguien que jamás lo abandonaría. ¡Alguien que por fin estaría con él para siempre!”.

Queridos hermanos, creo que esta historia nos regala 3 mensajes:

1. La Navidad es la fiesta de “Dios con nosotros”.

El Dios prometido y esperado viene a nuestro encuentro, es Dios con nosotros (Is. 7, 13-15). Tan unido a nosotros que se hace hombre como nosotros para hablarnos y mostrarnos el Amor que Dios nos tiene. Como a Luisito, el Niño Jesús nos invita a estar bien unidos a Él, porque Él nos quiere dar su calor y cobijo. Nos trae la salvación que tanto hemos buscado por erráticos caminos. Una salvación que es plenitud de vida en el Amor. La invasión mediática de los Papá Noeles y el consumo desmedido quieren desplazar de nuestros corazones al Niño Dios. Es extraño que en todas partes se hable de esta fiesta pero no se quiera nombrar al festejado.

☆    Para que sea una verdadera Navidad tengamos un espíritu profundamente religioso, busquemos estar junto al Niño Jesús y festejémoslo a Él porque es “su cumpleaños”.

2. La Navidad es fiesta familiar.

Dios, cuando vino a nosotros, lo hizo naciendo en el seno de una familia. Con ello quería resaltar la importancia que para Él tiene la familia: cuna y custodia de la vida humana y divina; escuela donde el hombre aprende a amar y a trascender. Ante tanta soledad y desconsuelo, como Luisito, en Cristo y María todos tenemos una familia. La Navidad nos invita a mirar al pequeño Niño, a María y a José, el amor familiar que une, fortalece y dignifica al hombre.

☆    Para que sea una verdadera Navidad encontrémonos como hermanos, hijos de un mismo Padre rico en misericordia, intentando la reconciliación, el diálogo y la unidad en los corazones. Que ese sea nuestro regalo también para la Argentina en su Bicentenario.

3. La Navidad es la fiesta del Amor solidario y para todos.

“Tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo único” (Jn. 3, 16). El nacimiento y la vida de Cristo entre los hombres es el mayor testimonio del amor solidario de Dios para con nosotros. Al pesebre se acercaron pastores y hombres ricos, ignorantes y sabios, de distintos pueblos y religiones, Amor por y para todos. La Navidad es la fiesta del Amor de Dios que se entrega con total generosidad, sin condiciones y sin merecimientos. Por eso el Señor nos pide: “ámense unos a otros como yo los he amado” (Jn. 13, 34).

☆    Para que sea una verdadera Navidad tratemos de crecer en el amor generoso y solidario, sin cálculos, por amor, como Dios lo hizo con nosotros. Si todos tenemos lugar junto a Jesús, ¡celebremos una Navidad para todos!

Queridos hermanos en la Alianza, desde el Santuario les envío un cordial saludo y mi bendición para cada uno de ustedes, sus familias y comunidades. ¡Alegrémonos: pronto será Nochebuena, la noche más buena y luminosa de nuestra historia!

¡Que tengan una feliz Navidad y un bendecido año nuevo!

P. José Javier Arteaga

¡Con María Reina,

construyamos una Patria para todos!

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