Ciencia y conciencia

MENDOZA, Jorge H. Day. Podemos imaginar un hombre primitivo, miles de años atrás, frente al inaudito hecho de un cielo nocturno pleno de astros y un día con incontable variedad de especies. Quizás la primera cosa que le llamó la atención fue la rítmica sucesión de la noche a cada día. O fue entender que había ciclos en la naturaleza, con los días de calor y frutos alternando con la desolación del invierno. Debe haberle llegado pronto la intuición, es decir, el conocimiento no racional de que detrás de esa infinita variedad había un orden.

Detrás de ese orden, al que más adelante le llamaría ley natural, entrevió los primeros rasgos de un Creador, al que fue dándole nombres al alcance de su primitiva condición.

Muchos siglos después, el hombre, siguiendo la consigna de Francis Bacon de “torturar a la naturaleza para arrancarle sus secretos”, avanzó de tal alucinante modo que devaluó aquel primer conocer intuitivo.

Complementación

El Padre José Kentenich predicó largo sobre el tema. Al conocimiento intuitivo de nuestros ancestros lo identificó con la consciencia y se extendió sobre su significado. La palabra viene del latín conscientia que implica conocimiento compartido con otro. Compartir es lo que ha querido hacer Dios al regalar este conocimiento al hombre, poniendo en lo más profundo de su ser una imagen Suya. “La conciencia es una imagen viva de la ley eterna, del eterno orden del mundo en el corazón del hombre”, decía el Padre Kentenich. De este modo, Dios habita en el corazón y desde allí le habla con un suave murmullo. Reza el salmo 95:8 “Ojalá hoy escuchen la voz del Señor: No endurezcan su corazón”.

La conciencia se diferencia de la ciencia, la cual es el conocimiento adquirido gracias a ese otro gran regalo de Dios que es la inteligencia, el raciocinio. Gracias a la ciencia el hombre ha vencido innumerables enfermedades, y ha aplacado muchas más. Ha aliviado sus tareas mediante el dominio de la energía y la invención de herramientas desde el humilde arado a la más sofisticada cibernética. ¿Qué sería de nosotros sin la ciencia?

Pero la milenaria advertencia del Libro del Génesis sobre el fruto del árbol del Bien y del Mal continúa vigente. La ciencia muestra sus éxitos con voz estridente que acalla el manso cuchicheo de la conciencia. No hay incompatibilidad entre ciencia y conciencia, sino que por el contrario son complementarias. Es como la noche y el día, la sístole y la diástole, el inspirar y expirar. La complementación significa que no puede existir una sin la otra.

Los riesgos del desequilibrio

El Padre Kentenich advertía sobre los riesgos del desequilibrio entre ambas: ¡Enfermedad mental, enfermedad mental, enfermedad mental!, decía.

Cualquier médico o psicólogo sabe del aumento en la frecuencia de los desórdenes mentales, y de igual manera cualquier persona de nuestro tiempo es testigo de los sufrimientos originados por divorcios, separaciones, violencia, adicciones, abandonos.

La observación del Padre Kentenich, coincidente con la de muchos otros pensadores, o sea, el desequilibrio entre conciencia y ciencia, parece explicar acertadamente tantos males. Que es como decir desequilibrio entre vida interior con la exterior. Este bacilo ha penetrado en cuanto resquicio le ha dejado la vida moderna. Habrá que seguir los pasos del bacteriólogo: descubrir sus escondites para combatirlo. Recuperar el equilibrio es una meta impostergable para cada persona, para cada familia y para toda la sociedad.

Fuente: http://www.schoenstatt.de

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