Vivencias de un sábado inolvidable

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P. Alberto Eronti. Los pronósticos señalaban “probables chaparrones”, lo cierto es que la lluvia fue co-protagonista de un día que, estoy seguro, las madres de la Liga apostólica no olvidarán fácilmente. Tras un viaje de dos horas y minutos los buses llegaron a “Villa Marista”, a metros del Santuario. Apenas llegados y tras el cafecito reparador iniciamos las actividades del día. Toda la expectativa estaba puesta en el acto que motivó la peregrinación desde el Santuario de Nuevo Schoenstatt hasta la Basílica de la Virgen de Luján, capital mariana de la Iglesia Argentina. La meta era coronar a la Virgen de Schoenstatt cuya imagen está en la cripta de la Basílica junto a otras imágenes cuya advocación señala una amplia geografía de América y el mundo.

Lo que impulsó e impulsa a la Rama de Madres de Argentina a coronar a María como “Reina de la familia, madre de una Patria para todos”, es la difícil situación social, política y económica que vive el país. Ante la profunda desintegración del tejido social, ante el sentimiento generalizado de que actúan “fuerzas de destrucción” que quitan la esperanza y privan de sentido al futuro, la Rama de Madres decidió no caer en el pasivismo, sino pasar a la acción: ante el profundo desvalimiento generalizado, decidieron recurrir a aquella que fue señalada por nuestro Padre Fundador como “la omnipotencia suplicante”.

El Rector de la Basílica nos ofreció la Misa de horario a las 17,00 hs. Llegamos en medio de una lluvia torrencial, mojados, pero felices y expectantes: ¡la hora había llegado! El templo estaba a pleno, la mitad o más de la gente eran peregrinos o vecinos de la Villa. La Misa fue en honor de Todos los Santos y, junto a Jesús, la presidía la Reina de todos ellos.

Terminada la Eucaristía y tras una breve pausa tuvo lugar el rito de coronación, preparado por la Rama de Madres de Córdoba. Tras oír el porqué de lo que íbamos a hacer, siguió un diálogo entre el sacerdote y las madres. Finalmente todas rezaron la oración de coronación. Al terminar, dos de las madres se colocaron ante el altar de frente al pasillo central, sosteniendo en sus manos, enrollada, una larga bandera argentina. Las primeras madres tomaron la bandera en sus manos y comenzaron a avanzar por el pasillo central hacia la puerta de entrada. A medida que el lienzo se extendía más manos sostenían el símbolo patrio. De repente hubo un titubeo y un trozo de bandera casi rosa el suelo, ahí se escuchó una voz que decía imperativamente: “¡Que no caiga!, ¡que no toque el suelo!”. Era como decir: “que la Patria no se manche, que la Patria no caiga al suelo”. Cuando las primeras madres salían a la intemperie para bajar a la cripta, la bandera ya estaba totalmente desplegada. Atrás enfilaron las madres que portaban la Bandera Papal y otras banderas de la Rama.

A todo esto, yo no dejaba de contemplar lo que iba sucediendo. Mientras las cientos de manos sostenían la bandera – esto es: sostenían la Patria – pensaba: ¡Son manos de mujer, manos de mujeres! Los Obispos del país nos habían exhortado hace ya tiempo que todos estábamos llamados a “ponernos la Patria al hombro”, esto es: sostenerla, dignificarla, construirla cada día con fe, amor y esperanza. Lo que yo, como testigo privilegiado veía, era que la Rama “había decidido tomar la Patria en sus manos”. Manos de mujeres madres acostumbradas al servicio amoroso y callado a la vida. Manos de madres educadoras, que saben utilizar la firmeza y la ternura, las dos manos de un mismo amor. Manos que son las manos de la Reina en esta hora difícil de la Patria.

Ya en la cripta, la imagen de la Virgen de Schoenstatt fue colocada en el lugar que tiene desde hace más de 25 años. Tras renovar la Alianza de Amor, terminamos cantando el Himno Nacional… Todo terminó ahí, todo comenzó ahí…, afuera seguía lloviendo y casi había oscurecido. En el viaje de regreso privilegiamos el silencio, como lo hiciera María de Nazaret tras la Anunciación: cuando se vive a Dios, a seguir lo mejor es “guardar, ponderar y…¡vivir!”. ¡Amén!

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