La bioética en la Encíclica “Caritas in Veritate”

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Hna. Elena Lugo. En el plazo de pocas semanas la última encíclica de SS Benedicto XVI no cesa de entusiasmar por la actualidad y urgencia de sus temas como por la claridad de su reflexión al exponer la trascendencia de cada tema y el complejo entramado ante su objetivo de fomentar el desarrollo integral del ser humano en el ámbito global.

Esta nota se limita a una breve reflexión en torno a los números 70 y 74 (Capitulo 6 EL  DESARROLLO DE LOS PUEBLOS Y LA TÉCNICA) de la encíclica, en los cuales Su Santidad identifica la bioética y la convoca a ejercer una responsabilidad ante la integridad del bienestar humano, y que a su vez exige de la bioética una autocrítica en cuanto a su fundamentación antropológica y apertura a la trascendencia religiosa.

El Santo Padre, al identificar a la bioética, lo hace con un tono de urgencia y a la vez de aprecio por su rol cultural en contribuir a la dignidad y solidaridad de la humanidad, a saber: “En la actualidad, la bioética es un campo prioritario y crucial en la lucha cultural entre el absolutismo de la técnica y la responsabilidad moral, y en el que está en juego la posibilidad de un desarrollo humano e integral”.

La responsabilidad particular de la bioética

Un primer punto que deseo destacar es la responsabilidad particular de la bioética de hacer aún más explícita su valoración critica de la tecnología. Su Santidad aprecia a la técnica como una acción humana que debe permanecer bajo el control de la razón práctica en su intento de modificar, controlar y hasta diseñar ambientes físicos, sociales, psíquicos y hasta espirituales. De modo que, “La técnica – conviene subrayarlo – es un hecho profundamente humano, vinculado a la autonomía y libertad del hombre. En la técnica se manifiesta y confirma el dominio del espíritu sobre la materia.”La técnica permite dominar la materia, reducir los riesgos, ahorrar esfuerzos, mejorar las condiciones de vida. Responde a la misma vocación del trabajo humano: en la técnica, vista como una obra del propio talento, el hombre se reconoce a sí mismo y realiza su propia humanidad

Pero en su sabiduría nos invita a precisar mejor los vínculos técnica-logos para asegurar una tecnología integrada al bienestar humano. SS Benedicto XVI nos advierte “El desarrollo tecnológico puede alentar la idea de la autosuficiencia de la técnica, cuando el hombre se pregunta sólo por el cómo, en vez de considerar los por qué que lo impulsan a actuar. Por eso, la técnica tiene un rostro ambiguo. Nacida de la creatividad humana como instrumento de la libertad de la persona, puede entenderse como elemento de una libertad absoluta, que desea prescindir de los límites inherentes a las cosas”.

La disponibilidad de la bioética para asumir con plena responsabilidad moral su misión ante la tecnología

Un segundo punto que deseo anotar es la disponibilidad de la bioética para asumir con plena responsabilidad moral su encomienda ante la tecnología. En el contexto de la encíclica queda claro que no podrá ser una bioética de mentalidad tecnicista, cuyo “criterio de verdad es la eficiencia y la utilidad”, o como diría el Padre José Kentenich, mecanicista, inclinada a separar el pensar de la vida, privilegiando un razonamiento ajeno a la realidad humana y cerrado a lo divino. No podrá ser una bioética que se inspira en una cultura utilitarista con afán de logros inmediatos y éxitos cuantificables que se corresponde con el pluralismo moral que se aproxima al relativismo ético.

Su Santidad muestra el criterio a seguir para configurar un pensar bioético capaz de responder a la tecnología en su arrogancia o absolutización, a saber: “La clave del desarrollo está en una inteligencia capaz de entender la técnica y de captar el significado plenamente humano del quehacer del hombre, según el horizonte de sentido de la persona considerada en la globalidad de su ser. “La bioética debe tener como eje la antropología ontológica, el ser persona en su dignidad inherente y apertura a la trascendencia. El asombro ante el misterio de ser persona encarnada nos conduce a reconocer que la persona es el único ser creado y amado en sí mismo como semejanza de Dios. La persona es imagen de Dios en varios aspectos: 1. En sus capacidades espirituales de intelecto, voluntad y afectividad; 2. En cuanto unidad sorprendente de materia y espíritu (en cuanto unidad substancial análoga a la unidad de las tres Personas en un solo Dios); 3. En su llamado al amor en cuanto don creativo de sí

Pienso que una bioética personalista de mentalidad orgánica, como lo sugiere el Padre José Kentenich, responde a la inquietud de Su Santidad al declarar la responsabilidad de la bioética como: “…un ámbito muy delicado y decisivo, donde se plantea con toda su fuerza dramática la cuestión fundamental: si el hombre es un producto de sí mismo o si depende de Dios. Los descubrimientos científicos en este campo y las posibilidades de una intervención técnica han crecido tanto que parecen imponer la elección entre estos dos tipos de razón: una razón abierta a la trascendencia o una razón encerrada en la inmanencia. Estamos ante un aut aut decisivo” (6,70).

Fuente: http://www.schoenstatt.de

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