CARTA DE ALIANZA – JULIO DE 2009

Queridos hermanos en la Alianza:

En estos días toser nos hace sospechosos. Si alguien estornuda en un bar seguramente quedarán varios lugares vacíos a su alrededor, y si tose en el micro, como le pasó a una señora en Buenos Aires, el conductor le gritará enérgicamente: “¡abra la ventanilla!”, y le repetirá más fuerte “¡abra totalmente la ventanilla!”, sin tener en cuenta si hace frío o llueve. Siguiendo las recomendaciones de las autoridades sanitarias se han suspendido las clases y eventos varios para evitar las aglomeraciones por temor a los contagios; lo mismo ha sucedido con muchos encuentros, retiros y jornadas. También hemos restringido nuestras salidas y reuniones. Es que tenemos miedo. El número de muertos por complicaciones que surgen de esta gripe en enfermos inmunodeprimidos aumenta cada día. ¿La epidemia de la gripe A ha cambiado nuestras costumbres? Parece que sí: muchos ya no se saludan con un abrazo o un beso, ni se dan la mano sino un general “¡hola a todos!”. En las Misas se ha obviado el saludo de la Paz y la comunión se da en la mano. Hasta el mate ya no se comparte en algunas ruedas. Sí, tenemos miedo; el virus de la gripe A nos ha encerrado.

Según el Diccionario de la Real Academia Española, la palabra “miedo”, del latín metus, se refiere a una perturbación angustiosa del ánimo por un riesgo o daño real o imaginario. El miedo puede ser un estado de alarma cuando nos encontramos ante situaciones que implican peligro, por lo que muchas veces es necesario para cuidar la vida. Sin embargo, muchas otras veces, el miedo nace de situaciones injustificadas, en donde no hay un peligro real pero la persona exagera y le ve un riesgo excesivo a una situación que no la tiene. Tanto en uno u otro caso el miedo nos lleva a encerrarnos, a replegarnos instintivamente en nosotros mismos.

Como sociedad argentina, en estos últimos tiempos, también hemos vivido muchas situaciones de miedo: miedo ante la inseguridad física y la violencia; miedo a la justicia lenta o ausente; miedo ante la falta de trabajo; miedo a la pobreza creciente; miedo al fraude en las elecciones; miedo a perder las elecciones; miedo de perder el poder y a lo que puede venir después. Recuerdo una película en la que el protagonista, solo en su casa, siente ruidos y le sobreviene gran miedo; se encierra en un cuarto y espera; al cabo de un tiempo, al no escuchar más ruidos, decide aventurarse y abre su puerta. Si bien el miedo nos puede ayudar a preservar la vida, no es bueno vivir largo tiempo en él. El encierro no es sano.

En estos días hemos recibido la muy buena noticia de la convocatoria a un amplio diálogo por parte del gobierno nacional. Algunos dicen que es un sincero reconocimiento de la voz de las urnas; otros dicen que es en una treta engañosa para ganar tiempo como en las anteriores convocatorias al diálogo; otros, sin embargo apuestan a la esperanza y quieren creer que esta vez sí se podrá dialogar.

El diálogo es la forma natural que tenemos las personas y los pueblos para expresar nuestros anhelos, sentimientos, dolores y proyectos. No hay vida social sin diálogo. Pero para un verdadero diálogo se requieren algunas condiciones: 1º decir la verdad, 2º escuchar respetuosamente al otro, 3º buscar el bien y la ganancia de las partes, 4º estar dispuesto a renunciar en algo. O sea, para nosotros, argentinos, el diálogo significa un gran cambio de actitud.

El año pasado, ante la crisis del gobierno y el campo leíamos aquí mismo: “Los argentinos venimos de una larga historia de desencuentros y no queremos más confrontaciones y rupturas. Esa historia ya la conocemos, esos caminos equivocados ya los recorrimos y nos costaron profundas divisiones, irreparables pérdidas humanas, debilitamiento de las instituciones y retraso en el desarrollo social, cultural y económico. Son cicatrices de heridas profundas que todavía están allí y duelen mucho. Los argentinos no necesitamos nuevas luchas que abran heridas antiguas. Hoy necesitamos dirigentes políticos, del gobierno y de la oposición, que ayuden a que estas heridas cicatricen bien y definitivamente; que sepan dialogar respetando las diferencias; que sepan consensuar políticas de estado. Líderes sociales y empresariales que cuiden la unidad, el desarrollo y la paz del tejido social (…) Argentina una vez fue grande porque sus dirigentes supieron incluir y sumar inteligencias y voluntades en un proyecto de Nación que nos transformó en una “tierra de esperanza”.

Queridos hermanos, alguien dijo en estos días que hay un “daño colateral” social de la Gripe A: la sospecha y el miedo al otro. La gripe A es nueva pero el miedo y la desconfianza al otro están muy arraigados entre nosotros. Ojalá que pronto podamos superar ambos males. Uno se vence con prevención y el otro con el diálogo. Y ambas son responsabilidades de todos. Aprendamos de Dios: Él es el Dios de la vida, que quiere nuestra vida en plenitud, y para ello sale a nuestro encuentro buscando el diálogo con nosotros. Es el Dios de la Alianza.

Que María nos enseñe a caminar por la vida en sincero diálogo con Dios y los hermanos, construyendo cada día la cultura de la Alianza, la esperanza argentina.

Desde el Santuario les mando un cordial saludo y mi bendición.

P. José Javier Arteaga

Familia viva, ¡esperanza argentina!

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