CARTA DE ALIANZA – NOVIEMBRE DE 2008

“La seguidilla de episodios de violencia juvenil en las escuelas, incrementada en las últimas horas con nuevos casos en San Isidro, Entre Ríos y Tucumán, enciende una luz de alarma en las aulas. Pero para el ministro de Educación, Juan Carlos Tedesco, la raíz del problema no está en los colegios y tampoco en los chicos. La responsabilidad es de los adultos y, principalmente, de los padres, dijo ayer en una entrevista con LA NACION (…). “¿Dónde aprenden los chicos estas conductas? ¿Quién se las está enseñando? No es la escuela ni son los maestros”, advirtió Tedesco, de 63 años y con larga experiencia en organismos de la UNESCO. Fundamentó su opinión en que los chicos conviven en una sociedad con un clima que favorece la permisividad y el hábito de no respetar la norma. Hay que comenzar a identificar ámbitos de enseñanza y aprendizaje de esas conductas violentas. Y puede ser desde los medios de comunicación y los jueguitos electrónicos hasta el propio ámbito familiar…” (Diario La Nación, 9 de abril de 2008).

Queridos hermanos:

Estas palabras de un funcionario nacional reflejan una realidad vivida por todos los ciudadanos: la creciente violencia juvenil tiene una de sus raíces principales en la familia. La carencia de afectos paterno-filiales, la violencia familiar, la ausencia de los padres- que es otra forma de violencia-, la miseria material y la ausencia de políticas que defiendan y promuevan la vida familiar, son algunos elementos que, sumados, preparan el camino para lo que hoy estamos viviendo.

Pero si ampliamos el espectro de nuestra mirada observaremos que no sólo la problemática de la violencia juvenil, sino que casi todas las dimensiones de nuestra vida social tienen que ver con la familia. Ángela Sannuti, licenciada en psicología (UCA) decía en un artículo: “Una sociedad está hecha de instituciones y comunidades y estas, a su vez, se apoyan en las relaciones que se entablan día a día. El corazón de estas relaciones empieza a latir en el seno de la propia familia” (“La familia, donde nace la sociedad”).

En la familia están las raíces de toda sociedad humana. Una condiciona y potencia a la otra. Todos los usos familiares son también usos y costumbres sociales. Estos pueden ser buenos o malos, pero nunca son neutros. Estos usos y costumbres familiares ayudan para que tengamos una “sociedad con espíritu fraterno-familiar” o para que nuestra sociedad termine siendo “una jungla”. Está en nosotros ayudar a tener una “patria familia” o una “patria jungla” donde reina el sálvese quien pueda. De allí la importancia de que nuestro compromiso hoy sea trabajar concientemente en desarrollar actitudes de ciudadanos de una patria con alma de familia. La pregunta es ¿cuáles son esas actitudes? ¿Cuáles son los valores que las sustentan? ¿Con que espíritu? Decía el Padre José Kentenich en 1949, recién terminada la 2ª guerra mundial: “En la nueva configuración del mundo, se ha de prestar mayor atención a la familia, ella ha de ser concebida como la célula fundamental de la sociedad humana, y por eso ha de ser formada conforme a la idea original de Dios, y pensarla y trabajar por ella desde el pensamiento que tuvo Dios”. Nosotros, que estamos unidos por el fuerte vínculo de la Alianza, nos sentimos llamados a dar nuestro aporte para refundar nuestra Patria desde las bases. Se trata de poner todas nuestras fuerzas y buscar aliados hoy para llenar de valores los distintos ámbitos de nuestra vida familiar, laboral y social. Se trata de vivir la familia, ¡de ser familia viva que da nueva vida!

1. Pensar nuestras familias como forjadoras de ciudadanos.

Anhelamos ser buenas personas en el ámbito personal, pero no es suficiente: debemos educarnos para ser buenos ciudadanos. Ser ciudadanos es tener conciencia de pertenencia a un lugar, a una patria, a la tierra de los padres, porque allí uno se siente enraizado y por ello responsable. El Cardenal Bergoglio dice: “ser ciudadano es sentirse convocados a un bien, a una finalidad con sentido” (“La Nación por construir”, Cardenal Bergoglio). Se trata de un cambio de actitud: dejar de ser meros habitantes para pasar a ser verdaderos ciudadanos. Ese cambio comienza en la familia y en las pequeñas comunidades con espíritu familiar. Desde las familias construimos el país.

2. Pensar nuestras familias como escuelas de fe y dignidad humana.

No tenemos que ser agudos observadores para darnos cuenta de que el valor “vida” no cotiza muy alto en la bolsa de valores de muchos argentinos: aborto, eutanasia, asesinatos, violaciones, secuestros, trata de personas, tráfico de armas, droga, corrupción, etc. El hombre no es respetado y valorado cuando no dispone para comer, de medios que aseguren su salud, la instrucción básica, una fuente de trabajo digna, cuando es considerado un objeto más en la cadena de producción. Pero esta imagen “utilitarista” del hombre también se da en la familia cuando el hombre o mujer es tenido en cuenta porque trae dinero a casa, porque es más juicioso, o porque es más inteligente. Dios nos ama porque somos sus hijos – esa es nuestra dignidad-, no porque hacemos todo bien. En la medida que cada familia sea escuela de altísima dignidad humana nuestro país será el lugar donde cada uno pueda vivir seguro y respetado por lo que es y donde cada persona pueda desarrollarse en plenitud, como hijo de Dios.

3. Pensar nuestras familias como lugares de comunión y diálogo.

En nuestras familias conviven distintos sexos: papá y mamá, hermanos y hermanas; diferentes edades, roles y gustos. Todas estas diferencias muchas veces crean tensiones. Las diferencias no nos dividen, por el contrario, bien aprovechadas nos complementan y enriquecen. En la familia nos unen los vínculos del amor y esa unidad familiar “contiene” a las diferencias que hay en ella y la enriquecen. La clave es la unidad en la diversidad y el secreto es la pertenencia mutua y el diálogo. El Padre Fundador decía al respecto: “La esencia de la auténtica vida familiar consiste en un profundo sentido de responsabilidad por el bien de todos”. Forjar la Patria según este modelo de comunión nos posibilitará entonces el respeto, el reencuentro y la unidad tan anhelados.

Queridos hermanos en la Alianza, la familia, no obstante las dificultades, sigue siendo un gran valor en nuestro pueblo y está en el corazón de nuestra misión como Movimiento de Schoenstatt. Viendo la urgencia del momento presente y como aporte al Bicentenario de la Patria, los delegados de las comunidades diocesanas y los asesores reunidos en la Jornada de Delegados formulamos el lema que nos motivará en el trabajo del año 2009:

Familia viva ¡Esperanza argentina!

María, la Madre de las Familias, nos ayuda e impulsa en nuestra vida familiar, sabiendo que los lazos que allí vamos tejiendo nos unen en una inmensa red de amor, solidaridad y conciencia de misión desde los Andes hasta el Mar.

Desde el Santuario les deseo un bendecido día de Alianza y Mes de María.

P. José Javier Arteaga

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