CARTA DE ALIANZA – SEPTIEMBRE DE 2008

Queridos hermanos en la Alianza:

El 15 de septiembre recordamos el 40º aniversario del fallecimiento del P. José Kentenich, nuestro Padre Fundador. En muchas catedrales y parroquias de Argentina y del mundo se celebraron Misas en su memoria. Una memoria viva que para nosotros es misión y constante desafío.

El Papa Juan Pablo II nos decía en el Encuentro con el Movimiento el 20 de septiembre de 1985 en el Vaticano, con motivo del centenario del nacimiento del Padre Fundador: “Desde muchas naciones os habéis reunido para agradecer por el don que Dios os hizo en la persona del P. Kentenich”. Ese don de Dios se manifestó en la vida del P. Kentenich con rasgos muy concretos.

1. Padre

El P. Kentenich fue un claro reflejo de la paternidad de Dios para muchos hombres y mujeres de todo el mundo. Un sacerdote, luego de una larga charla con el P. Fundador, le preguntó: “¿Padre, tiene Ud. aluna intención por la que quiere que yo rece?” y el Padre le contestó: “Sí, rece para que pueda cobijar en mi corazón a millones de personas”.

Vivimos en un tiempo carente de personalidades paternales (no confundir con paternalismo), un tiempo de enorme orfandad y abandono. Esos fueron los mismos dolores que padeció el niño y el hombre Kentenich por la ausencia de su propio padre. Justamente en aquello que Dios lo iba a distinguir como Su instrumento, en ello mismo el Señor debía formarlo, probarlo y educarlo. Es la misteriosa pedagogía divina que aprovecha lo pequeño, lo débil o torcido para sus santos planes de redención. El P. Kentenich anunció con su vida que Dios no es una idea metafísica, un concepto filosófico ni un personaje de la historia, sino un verdadero Padre que ama incondicionalmente. Al respecto decía: “La razón última de la “ausencia” de Dios en tantas almas debemos buscarla en la carencia de personas que lo reflejen. Por lo tanto si nosotros no somos reflejos de Dios misericordioso le quitamos a los hombres de hoy la posibilidad de creer en Él”.

2. Profeta del Dios de la Vida

Desde el más profundo espíritu evangélico, el P. Kentenich, nos enseña que Dios es un Dios vivo y para la vida: “Si queremos vivir en compañía de Dios, si queremos vivir en la presencia de Dios, como se decía antiguamente, si queremos tener un trato de amistad con el Dios vivo, entonces hay que contemplar a Dios en todas partes; hablar con Dios en todas partes, fundados en la fe y el amor…”.

Mons. Zollitsch, presidente de la conferencia episcopal alemana, decía al respecto: “Muchos de nuestros contemporáneos –incluso muchos bautizados que se consideran cristianos –viven hoy como si Dios no existiera. No cuentan más con la acción de Dios en este mundo, en sus vidas, en su vida cotidiana. En Schoenstatt buscamos al Dios de la vida, contamos con Él y su acción, día tras día. Hemos aprendido y practicado, día a día, en la búsqueda de las huellas de Dios, la fe práctica en la Providencia Divina”.

3. Aliado y misionero de María

Desde que su mamá lo consagró a la Sma. Virgen a los 9 años, en momentos muy difíciles para ella, María fue su madre, su guía y consuelo, su educadora. En ese acto ya está el germen de la Alianza de Amor que más tarde dará origen a Schoenstatt. Él fue el primer aliado de María en Schoesntatt y su gran misionero. Él mismo revela la misión que le confió Dios al respecto: “…mi misión fue y es anunciar al mundo el misterio de María. Mi tarea es proclamar a la Sma. Virgen, revelarla a nuestro tiempo como la Colaboradora permanente de Cristo en toda su obra de Redención, como la Corredentora y la Medianera de las Gracias. Revelar a la Sma. Virgen en su profunda unión a Cristo y con la misión específica que Ella tiene desde el Santuario de Schoenstatt para el tiempo actual” (16 de noviembre de 1958). Proclamar el misterio de María significó para el P. Kentenich mostrarle a los hombres la Madre fiel, el “libro de oro” del cristiano, la imagen, modelo y modeladora del hombre nuevo en Cristo. Pero Kentenich no se queda con María como Madre a amar e imagen a imitar, sino que busca movilizar lo mariano en el seno de la Iglesia para gestar una nueva cultura, que a instancias de María, sea más cristiana, más solidaria, justa y fraterna, y por ello más humana.

4. Comprometido con el hombre y su tiempo

El P. Fundador supo acuñar esa genial frase que define todo su ser y su actuar: “Con la mano en el curso del tiempo y el oído en el corazón de Dios”. Él no predicó una religiosidad espiritualista, desentendida del hombre y su tiempo sino bien anclada en el corazón de Dios y encarnada en el mundo. Pasó dos guerras mundiales, experimentó la degradación humana en un campo de concentración, pasó hambre, crisis económicas y pobreza; vivió con y como su pueblo. En cada tiempo supo buscar las respuestas para las problemáticas del hombre y la sociedad en el corazón mismo de Dios; asimismo buscó caminos de aplicación sencillos y profundos para que llegaran al corazón del hombre. Fue valiente para denunciar todo lo que atentara contra la dignidad y la integridad del hombre como hijo de Dios. Fue fiel y franco con su Iglesia, asumiendo que tiempos de grandes cambios requieren renovación, creatividad, valentía y un nuevo ardor en el modo de vivir y transmitir la fe.

Querida Familia de Schoenstatt, al comenzar estas líneas les decía que la memoria del P. Fundador es memoria viva, que nos motiva y desafía a la misión. Mons. Tenhumber, obispo de Münster, Alemania, dijo una vez a la Familia de Schoesntatt que éramos “la carta de presentación de la santidad del Padre”. Una carta de presentación que de nosotros depende que sea “legible, motivadora y atractiva”. Por nuestra intensidad y calidad de vida en la Alianza, por nuestra valentía para vivir auténtica y creativamente nuestra misión, la Iglesia y la sociedad recibirán lo que nosotros mismos hemos recibido en la persona del Padre Fundador. O no. En este nuevo 18 podemos estar infinitamente agradecidos por el Don recibido pero también recordemos que somos deudores del Padre y de su fundación.

“Ustedes, a su manera pueden ayudarme a llevar la responsabilidad

y compartir la misión de la Familia…

Quien tiene una misión debe cumplirla, aunque una salto mortal siga al otro”

(P. J. K., 31 de mayo de 1949)

Sí, Padre; ¡tu herencia nuestra misión! Aquí estamos, vamos contigo, nuestra mano en tu mano, nuestro corazón en tu corazón.

P. José Javier Arteaga

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