Homilía de Monseñor Zollitsch en el 40º aniversario de fallecimiento del Padre Kentenich

Querida Familia de Schoenstatt, hermanas y hermanos en la fe:

No solamente en Schoenstatt contemplamos, en estos días, lo sucedido hace cuarenta años. Lo hacen muchas otras personas en nuestro país, sí, y en toda Europa. Se lo ha comunicado de varias maneras en numerosos debates televisivos y en una gran cantidad de artículos en periódicos y revistas. Pues el año 1968 marcó una clara incisión. Para nosotros, en Schoenstatt, es el hecho de que el Padre y Fundador de nuestra Familia concluyó su vida terrenal y regresó a la Casa del Padre, y que desde entonces tenemos que continuar nuestro camino hacia el futuro sin un contacto inmediato y directo con él.

Para nuestro país (Alemania), para toda la Europa occidental, el año 1968 significa un enorme sacudón. Las protestas y la rebelión de la generación del ’68 cambiaron dramáticamente a nuestro país y a nuestra sociedad, a todo el mundo occidental.

Estábamos todos sumamente sorprendidos, no solamente por la inesperada partida de nuestro fundador, sino también por el estallido de disturbios, la revuelta estudiantil y los secuestros y asesinatos atribuidos a las Brigadas Rojas. Y sin embargo el Padre Kentenich, que tenía la mano en el pulso del tiempo y que sabía interpretar las voces del tiempo, ya desde hacía muchos años había señalado que un mundo viejo estaba en llamas y nacía un mundo nuevo. Él, que veía el desmoronamiento religioso, la revolución, una revolución del ser, se adelantó y se esforzó desde mucho tiempo atrás para preparar a su Familia para esto. Sí, él estaba convencido de que en Schoenstatt había anticipado la respuesta

La noche del 12 de septiembre de 1964 me encontré con el Padre Kentenich en Milwaukee. Durante un largo paseo tuvimos una conversación muy personal. Hablamos sobre los puntos notables en la historia de la Familia y llegamos muy pronto al 31 de mayo de 1949 y a la cuestión de la teología y la psicología de las causas segundas. Pero muy pronto noté que para el Padre Kentenich mis preguntas e inquietudes estaban dirigidas a un tiempo demasiado pretérito, a la historia. Lo que más le preocupaba a nuestro Padre en ese momento, y lo que quería darme, era otra cosa. Para él estaba muy claro: el Concilio Vaticano II era el gran cambio tan esperado.

Él estaba convencido de que ahora Schoenstatt sería comprendido, ahora se presentaría para nosotros el gran desafío. Habló acerca de que el Papa Juan XXIII había abierto ampliamente las ventanas y las puertas de la Iglesia; con ello la Iglesia penetraría en el mundo y reconocería las cuestiones de la actualidad. Destacó lo importante que era que la Iglesia, al parecer una roca inquebrantable, se pusiera en movimiento. Habló de una ”roca movediza”. Una roca que se pone en movimiento y avanza produce una poderosa conmoción. El Padre Kentenich quiso abrirme los ojos para el kairós y dirigir mi vista hacia el futuro. Es válido mirar hacia atrás para asegurarse y para agradecer. Pero esto debía llevarme a mirar al futuro: esto es lo decisivo.

Esto caracteriza también su proceder después de su regreso a Schoenstatt; sus manifestaciones en los últimos años de su vida lo muestran con gran claridad.

Así dijo claramente en abril de 1968: ”Vivimos una revolución como jamás la hemos experimentado hasta ahora. Todo se tambalea”. (30 de abril de 1968) Y orienta la mirada de su audiencia hacia adelante, a lo que estaba creciendo. No se quedó sólo en las observaciones. Para él, siempre se trataba de sacar conclusiones, para así encontrar la respuesta a los desafíos del presente y del futuro. Confiando en la acción del Espíritu Santo, vislumbró la forma de la Iglesia del futuro. Así lo expresó poco antes de su muerte: ”Todos nosotros estamos llamados a colaborar, en nuestro modo, en la construcción, por así decirlo, de una nueva Iglesia, y quizás se nos va a regalar una Iglesia renovada en múltiples aspectos” (charla a sacerdotes, 17-2-68). Para él era muy claro que la Iglesia debía marchar hacia las nuevas playas si quería formar el futuro del mundo y de la sociedad.

Marchar a las nuevas playas del tiempo, marchar hacia los tiempos más nuevos. Éste es el legado de nuestro fundador, y no solamente en el saludo que envió a la Jornada de los Católicos, en 1968, en Essen. Éste es hoy el imperativo de su testamento para nosotros. Y si observo la situación de la Iglesia en Alemania, entonces podemos decir: vale justamente para hoy.

Muchos de nuestros coetáneos – incluso muchos bautizados que se consideran cristianos – viven hoy “etsi Deus non daretur”, como si Dios no existiera. No cuentan más con la acción de Dios en este mundo, en sus vidas, en su vida cotidiana. En Schoenstatt buscamos al Dios de la vida, contamos con Él y su acción, día tras día. Hemos aprendido y practicado, día a día, en la búsqueda de las huellas de Dios, en la fe practica en la Providencia Divina. Con esto experimentamos que el Dios vivo y todopoderoso actúa en medio de nosotros. Y no lo hace solamente hoy. Quiere mostrarnos el camino al futuro. Esto vale para nosotros personalmente, para nosotros como Familia de Schoenstatt; vale para el camino de la Iglesia en el futuro y para el aporte de nuestra Familia como Movimiento de renovación.

Se trata de anunciar de nuevo al Dios de la vida, de regalar a muchos la experiencia de la fe práctica en la Divina Providencia y la Alianza de Amor, y entregar todo esto a la Iglesia en su camino al futuro. El camino de nuestra Familia – fuera de los muros de Schoenstatt – se trazó en 1919 en Hörde, por la fundación de la Federación Apostólica: Renovación de la Iglesia por el compromiso de sus miembros, por el apostolado de los laicos, por la vocación de todo cristiano a esforzarse por construir el Reino de Dios. Esto lo ha cimentado el Fundador en su Familia desde el principio, como un encargo de Dios. A partir del Papa Pío XI y de la Acción Católica, y especialmente desde el Segundo Concilio Vaticano, hablamos frecuentemente de la ”madurez de los laicos”.

Y algunos pregonan hoy por todas partes la fórmula ”es la hora de los laicos”. Sabemos que no es ”la hora de los laicos” porque tengamos pocos sacerdotes. La escasez de sacerdotes es, en todo caso, una señal de Dios que nos desafía y nos obliga a reflexionar profundamente cuál es la dignidad y la misión de todo cristiano. Como Movimiento laical, esto se ha dado en nuestra Familia desde sus comienzos. Podemos brindar una larga experiencia y un camino de fe probado de lo que aportan laicos activos y comprometidos en la vida de nuestra Iglesia.

Por eso podemos experimentar cómo muchas mujeres y muchos hombres de nuestra Familia asumen responsabilidades en sus ramas, en nuestras comunidades y consejos parroquiales. Continuamente me asombro al ver cuántas personas se comprometen por nuestros santuarios y centros de Schoenstatt y se preocupan por su vida y su fecundidad. No lo hacen en absoluto como ”suplentes”, sino basados en su propia vocación por la Familia y la sociedad. Si vemos todo lo que ya ha sido posible hacer, podemos estar realmente asombrados.

Me impresiona, por ejemplo, cuando me entero cómo la juventud masculina de Schoenstatt en Austria desde hace unos años organiza sus campamentos sin tener asesores, y qué vida dinámica hay en la Familia de Schoenstatt húngara, o como por iniciativa de innumerables laicos la Virgen Peregrina de Schoenstatt llega a tantas casas y es recibida por personas que sin ella no encontrarían un camino a la Iglesia.

Aquí podemos hacer un valioso servicio a la Iglesia, mostrándole un camino al futuro, tratando de expresar y vivir de una manera probada la comunión entre sacerdotes, religiosos y laicos, en un clima de respeto mutuo y de benevolencia. Aquí se hace evidente que la vocación no comienza con la ordenación sacerdotal o con la profesión religiosa, sino que cada cristiano tiene su vocación. Justamente en el cuadragésimo aniversario del fallecimiento del Padre Kentenich, podemos agradecerle por esto, porque él nos ha mostrado hace mucho este camino. Nos podemos alegrar por todo lo que vive en nuestro Movimiento. A la vez tenemos el desafío de preguntarnos cómo seguimos por este camino, cómo lo llenamos hoy de vida. Sobre todo, cómo apoyamos a la Iglesia a seguir con valor su camino al futuro.

Si miramos con ojos atentos a nuestro alrededor, notamos una tendencia creciente a la individualización, al hecho de que cada vez más existen y son aceptados paralelamente distintos conceptos de vida. No queremos aceptarlo sin crítica, y al destacar también la importancia de la comunidad, tenemos que darnos cuenta de este estado de ánimo que marca a los hombres de nuestro tiempo. A ellos no les gusta que se les diga lo que hay que hacer, lo que hay que dejar. Mientras que en muchas parroquias estas personas difícilmente encuentren un hogar, nosotros tenemos en Schoenstatt – de nuevo fundamentado por el Padre Kentenich – un valioso acceso que permite que este tipo de personalidades experimente la belleza de la fe.

Pues son los procesos mentales de cada uno a los cuales el Padre Kentenich da una importancia clave, diciendo por ejemplo: “Por favor, no acepten nada ciegamente. Por favor, examínenlo y acepten solamente lo que ustedes mismos hayan experimentado”. Él acoge en su espiritualidad las experiencias individuales. Las verdades inquebrantables no se incorporan desde afuera a su espiritualidad; el Padre Kentenich es consciente de que la huella de Dios está grabada en cada persona. La idea conductora es: lo que vive en mí, lo que yo mismo he experimentado, me puede conducir a una relación con lo sobrenatural.

La vida se enciende en la vida. No comienza con lo que anuncian los dogmas como verdadero y seguro. La historia de la vida de cada individuo juega un rol fundamental. En la Alianza de Amor esto se evidencia de un modo ejemplar. Aquí vale mi vocación personal, mi formación en la fe individual. No hay una postura prefabricada de lo que corresponde: lo determinante es cómo cada individuo vive plenamente la Alianza de Amor en su camino de fe personal. Así el Padre Kentenich toma en serio lo confirmado por Dios por medio del profeta Isaías, “Te he llamado por tu nombre. Eres mío” (Isaías 43,1).

Con esta visión el Padre Kentenich llega al alma de nuestro tiempo y a la vez nos conduce hacia el futuro. Pues justamente en la Alianza de Amor estamos invitados a sellar esta alianza también entre nosotros, a vincularnos recíprocamente en red y aportar a la comunidad. El Padre Kentenich sabía que en toda acentuación del proyecto de la propia vida, los hombres tienen un gran anhelo de poder desarrollar relaciones profundas y duraderas. Por ese motivo, este vínculo – por medio de la Alianza de Amor con María – es tan valioso porque toca los estratos más íntimos de nuestra alma.

El acceso individual y personal, que cuida fuertemente de no coartar la libertad individual, es lo que hoy hace especialmente atractivo a este camino. “Tanta libertad como sea posible”, esta premisa de nuestro Fundador, en la que expresa todo su respeto por la vocación personal de cada individuo, es un indicador de caminos decisivo de cómo hoy la gente puede llegar a un encuentro personal con la fe. Donde ellos vean primero órdenes y prohibiciones, va a llegar a muy pero muy pocos. Allí donde algo llegue a mí personalmente, donde se tocan los estratos más profundos del alma, donde se toman en serio mis cuestionamientos religiosos, en forma de invitación y sin presión, aquí se abren los caminos a la fe en el Dios vivo, una gran oportunidad que se nos da en nuestro Movimiento por el camino personal en la Alianza de Amor y por la valoración de la propia vocación.

Queridas hermanas, queridos hermanos:

Estas indicaciones y experiencias que tenemos ante la vista en este cuadragésimo aniversario del fallecimiento de nuestro Fundador, quieren hacer claro para nosotros: Schoenstatt puede aportar a la Iglesia muchas riquezas de su tesoro. No tenemos que ocultarnos en las catacumbas, al contrario, podemos, conscientes de nosotros mismos y con espíritu de conquista, colaborar en la formación del camino a la Iglesia del futuro. Me parece que de vez en cuando olvidamos que Schoenstatt nació como un movimiento de renovación. El Padre Kentenich nos exhorta, con sus palabras de saludo a la Jornada de los Católicos de 1968 en Essen, como en un legado, a tener el futuro ante la vista mientras nos anima a ir “alegres por la esperanza y seguros de la victoria, con María, hacia los tiempos más nuevos”.

Desde mucho antes de ser obispo recibo continuamente, de muchos responsables en las parroquias, manifestaciones de aprecio por el compromiso de los schoenstattianos. Son cumplidores, sencillos y fieles. Se puede confiar en ellos y son frecuentemente el apoyo de la comunidad parroquial. De lo que raras veces escucho hablar es de la fuerza innovadora que hay en nosotros, que era para el Padre Kentenich una intención fundamental cuando hablaba de su visión de la Iglesia. ¡Tengamos el valor de asumir esta intención de nuestro Fundador! Sí, tenemos que dar hoy a la Iglesia un mensaje moderno, verdaderamente desafiante.

Justamente esta fue la intención de nuestro Padre y Fundador. No deleitarse en el pasado, no querer conservar todo, sino ver cómo trasladar los contenidos de la fe a los tiempos más nuevos, y cómo poder traducirlos. Esto lo llevó a él a la confrontación con la Iglesia, sin dejar de amarla. Y reconoció en esto la misión de Schoenstatt de colaborar con la construcción de la “Iglesia en las nuevas playas” y así hacer realidad la visión de la Iglesia del Concilio Vaticano II. El desafío y el encargo del cuarto hito se han transformado hoy en una oportunidad concreta. Las puertas están ampliamente abiertas para nosotros. Podemos ver como un señal para esto, con fe en la Providencia, que en nuestro tiempo se puede construir y concretizar en Roma el Centro internacional de Schoenstatt en el corazón de la Iglesia, lo que hace tanto tiempo había anhelado el Padre Kentenich.

Queridas hermanas, queridos hermanos:

Queremos retomar las posibilidades que se nos ofrecen hoy. Estemos dispuestos y tengamos el valor de entregar nuestro multifacético tesoro a la Iglesia de nuestros días. Estemos dispuestos a embarcarnos en este viaje y también – como schoenstattianos – a seguir nuevos caminos. Tengamos el valor de ir adelante en este camino de la Iglesia hacia el futuro y así entusiasmar de nuevo a los hombres por la fe. La cosmovisión que nuestro Padre Fundador nos ha dejado es decisiva y fundamental. Con el mismo impulso queremos llevar adelante su espiritualidad a nuestro tiempo. Lo que tenía actualidad en su tiempo, no necesariamente será actual por siempre.

Pero su actitud fundamental es para nosotros su legado y tarea permanente. Tenemos que transmitir esto continuamente a nuestro tiempo, para no dar a las nuevas cuestiones de nuestra época las respuestas de hace cuarenta o cincuenta años. Veamos, justamente en vistas al gran jubileo del año 2014, dónde se nos abren las puertas por las que podemos pasar para continuar propagando la misión del Padre Kentenich. Pasemos por esas puertas con valor y seguros de nosotros mismos para entregar a la Iglesia el esperado y valioso servicio, y aportar a la renovación y profundización de la fe.

Mons. Dr. Robert Zollitsch

Arzobispo de Friburgo

Presidente de la Conferencia episcopal alemana

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