CARTA DE ALIANZA – JULIO DE 2008

Queridos hermanos de Alianza:

El pasado 29 de junio el Papa Benedicto abrió el Año Paulino en conmemoración de los 2000 años del nacimiento de San Pablo. El apóstol Pablo, el último de los apóstoles del Señor, es considerado uno de los mayores evangelizadores de todos los tiempos. Pero ¿en qué radicaba el misterio de su misión? Por su propio testimonio sabemos que no estaba en su oratoria o en su presencia. De hecho, conforme afirmaban algunos de la comunidad de Corinto “tenía poca presencia y era un pobre orador” (Cf. 2Cor 10,10).

Pablo se distinguía por el “conocimiento” (2Cor 11,6). En esto estaba la “diferencia” de su predicación con la de los charlatanes. Este conocimiento del que habla no se reduce a su formación intelectual sino que se refiere a su “experiencia personal” de Jesucristo.

Respecto a la formación intelectual, Pablo llevaba consigo un bagaje cultural que incluía un conocimiento profundo de la tradición judía y nociones de la filosofía y religión griega de su tiempo. Sin embargo, la experiencia que hizo en el camino de Damasco, conocida como “conversión”, marcó profundamente su vida, más que todos los estudios y prácticas religiosas.

Fue en el camino de Damasco que empezó su gran transformación interior. El perseguidor radical de los cristianos tiene un “encuentro” con Jesucristo que lo hace caer por tierra, justamente cuando perseguía a los cristianos. Según la narración de los Hechos de los Apóstoles, Pablo queda ciego por esta experiencia. El Señor lo manda a Ananias, quien lo acoge y tiene una visión en la cual el mismo Señor le hace una afirmación sobre el Apóstol: “ése es mi instrumento elegido para difundir mi nombre entre paganos, reyes y israelitas” (Hech 9,15). Al cabo de un tiempo Pablo recobra la vista, como símbolo de la nueva forma de ver la vida en y desde Cristo.

Pablo pasa de ser “perseguidor” de cristianos a ser “seguidor” de Cristo, su discípulo y misionero. De la conversión nace la misión en cuyo fundamento está una convicción: “sé en quién he puesto mi confianza” (2Tim 1,12). La motivación y el contenido del anuncio de Pablo es la fe en Jesucristo y el vínculo – amor total a Él, a punto de decir: “ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí. Y mientras vivo en esta carne mortal, vivo de la fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí” (Gál 2,20).

Como Movimiento apostólico, Schoenstatt está vinculado desde el principio con el apóstol de las gentes. Ya los primeros estatutos de la Congregación mariana y también los de la Federación apostólica mencionan a San Pablo como su patrono. Desde 1935 la expresión visible de esto son las estatuas de los apóstoles San Pedro y San Pablo que desde entonces adornan el altar del Santuario, y que actualmente se encuentran en todos los Santuarios filiales del mundo. El P. Kentenich desarrolló innumerables temas centrales de nuestra espiritualidad inspirado por las enseñanzas de San Pablo, como ser el Hombre Nuevo en Cristo; la fe práctica en la Divina Providencia; la incorporación, pertenencia y membralidad en Cristo; y especialmente el espíritu apostólico y misionero que debe impulsarnos a los cristianos. Al respecto nos dice San Pablo: “Predicar el Evangelio no es para mí ningún motivo de gloria; es más bien un deber que me incumbe. Y ¡ay de mí si no predicara el Evangelio!” (1 Cor. 9, 16).

¡Qué gran regalo del Espíritu Santo es este año paulino! El Papa nos invita a descubrir a Cristo, seguirlo y anunciarlo con el amor y la pasión de San Pablo. Como él también queremos mirar nuestro tiempo con ojos críticos y ayudar a construir nuestra sociedad con los altos valores de la verdad, la justicia, la solidaridad y el amor en Cristo.

¿Qué nos diría San Pablo si hoy caminara en nuestra Argentina?

Ante el comercio de voluntades en la política y el actual “plan canje en Senado” (la Nación, 12 de julio) nos diría: “No se engañen; de Dios nadie se burla. Pues lo que uno siembre, eso cosechará: el que siembre en su carne, de la carne cosechará corrupción; el que siembre en el espíritu, del espíritu cosechará vida eterna” (Gal. 6, 7-8).

A los que viven de la mentira y el robo les diría: “Por tanto, desechando la mentira, cada cual hable con verdad con su prójimo, pues somos miembros los unos de los otros. El que robaba, que ya no robe, sino que trabaje con sus manos, haciendo algo útil para que pueda hacer partícipe al que se halle en necesidad” (Ef. 4, 26-28).

A los que promueven la confrontación y la desunión les diría: “No salga de la boca de ustedes palabra dañosa, sino la que sea conveniente para edificar según la necesidad y hacer el bien a los que os escuchen. Que desaparezca de entre ustedes toda acritud, ira, cólera, gritos, maledicencia y cualquier clase de maldad, sean más bien buenos entre ustedes, entrañables, perdonándose mutuamente como los perdonó Dios en Cristo Jesús” (Ef. 4, 31-32).

Ante los que se cansan de luchar les diría: “No nos cansemos de obrar el bien; que a su tiempo nos vendrá la cosecha si no desfallecemos” (Gal. 6, 9).

Queridos hermanos en la Alianza, como discípulos y misioneros de Cristo sigamos construyendo en nuestro ambiente la cultura de la Alianza y del encuentro. Pongamos nuestra mirada en Cristo y escuchemos estas palabras de San Pablo, que después de casi 2000 años, siguen despertando la fe, anunciando la esperanza y conservando gran actualidad y fuerza profética.

Reciban un cordial saludo y bendición en el día de Alianza,

P. Javier Arteaga

DESDE EL SANTUARIO, DISCÍPULOS-MISIONEROS PARA UNA PATRIA FAMILIA

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