Las Misiones Familiares en Sauce de Luna y Alcaraz

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Angie Spinassi. Del 27 de enero al 2 de febrero de 2008 se realizaron en Sauce de Luna y Alcaraz, dos pueblos de la provincia de Entre Ríos, las Misiones Familiares de La Plata. Quisiera compartirles lo que fue la experiencia de las Misiones Familiares, pero al intentarlo me resulta muy difícil hacerlo a través de palabras que relaten una vivencia, porque los cuentos simplemente no alcanzan…

Al recordar lo que viví esos días, se me vienen a la mente imágenes que hacen vibrar mi corazón. Pienso en la simplicidad de dos hermanos de veintitantos años riéndose entre ellos y jugando con sus otros dos hermanos más pequeños de 9 y 10 años, cargándolos en sus hombros y brindándoles un tierno cariño. Recuerdo el heroísmo de un marido mirando con profundo amor a su esposa de varios años de casado, cuando esta comparte a toda la comunidad misionera, a través de palabras, al Dios que vive en su interior. Evoco el orgullo y gratitud de una madre con lágrimas en los ojos cuando leen una carta de su hijo que está lejos, en la que expresa su fuerte vinculación con Dios y con la Familia de Schoenstatt. Me sorprendo ante el misterio de dos personas que hasta hacía sólo 5 días eran perfectos desconocidos, que se miran a los ojos y cantan con toda la voz canciones que reflejan aquellos ideales que le dan fuerzas a lo más íntimo de sus seres, y sabiéndose profundamente unidos en esos mismos ideales se adoptan sin palabras como verdaderos hermanos. Me alegro por el milagro de una pareja de novios sentada en el piso de la Capilla adorando al Santísimo y reflejando en su mirada que en ese preciso instante ambos estaban reencontrándose en el mismísimo corazón de Dios y que estaba naciendo el reino del amor entre ellos. Estas imágenes son el más fiel retrato de esos instantes llenos de Dios difíciles de captar, pero que le brindaron la verdadera esencia a las misiones.

Las Misiones Familiares son… MISIONES

Esos pequeños instantes que reflejan lo que somos, eso es lo que dimos a Sauce de Luna. Nuestro ser Familia del Padre, hijos de Dios.

A veces es difícil comprender lo que verdaderamente pasa en una misión. Se piensa que es imposible visitar un pueblo y renovarlo en una semana, acercarlo a Dios. Es que cuando se mira con los ojos humanos, nos damos cuenta que sería una ilusión pensar que somos capaces de eso. Sin embargo, si se cambia la mirada y se piensa que es la Mater quien visita las casas… entonces la situación cambia. “Ella es la gran misionera, Ella obrará milagros”.

La misión es una realidad, no es una ilusión, pero es una realidad que nos trasciende. Muchas veces me pasó de sentir que lo que yo hacía por la gente del pueblo no era suficiente, que era completamente inútil… y en cierta medida tenía razón, porque lo que nosotros, como seremos humanos, podemos brindar es finito e imperfecto. Sin embargo, queremos brindarnos a nosotros mismos porque en nuestros corazones reinan Dios Padre y la Mater, y sabemos que ese es el verdadero tesoro. Si le regalamos a la gente nuestros corazones, entonces regalamos al Dios que vive en nosotros. Nosotros venimos en su nombre, y lo que queremos dejar en las casas es la presencia de Dios, no nuestra propia presencia. No importa si el pueblo no recuerda nuestros nombres, nuestro aspecto físico, ni siquiera nuestra personalidad. Lo que importa es que recuerden que la Mater los visitó a través de un grupo de personas que trataban de mostrar a Dios en sus acciones.

Las Misiones Familiares son… FAMILIARES

Pero no es cualquier rostro de Dios el que queremos dejar entronizado en los hogares. Es el rostro de un Dios Familia, ese mismo Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo, pero que a la vez es uno solo; justamente porque es ese mismo Dios Familia el que reina en nuestros corazones y el que se puede percibir entre los misioneros.

Ese Dios Familia se expresa a través del amor sencillo que se ve en cada gesto. En el grupo misionero se ven padres y madres, hijos y hermanas, que trabajan por despojar su corazón de las cosas que no valen, y quieren llenarlo de aquellas cosas que verdaderamente tienen valor a los ojos de Dios: los VÍNCULOS, para luego regalarlos a los demás.

Gracias a la naturalidad que se respira, ese amor familiar que se vive adentro de la comunidad misionera cumple con otra gran misión que tienen las Misiones Familiares: regalar familia a muchas personas que no la tienen. Las Misiones Familiares son sanadoras porque brindan hogar y cobijamiento no sólo a los habitantes del pueblo que visitamos, sino a cada uno de los miembros de la comunidad misionera, que muchas veces no tienen la experiencia de un verdadero sentimiento de hogar terrenal. La experiencia de compartir una verdadera familia aunque sea unos días nos hace pensar que sí es posible, nos hace ahondarnos en el profundo misterio del amor maternal y paternal, y nos abre el corazón predisponiéndolo para que pueda captar mejor el misterio de sentirnos, sabernos y creernos verdaderos hijos de Dios. El Padre Kentenich bien lo decía, quien sane sus vínculos naturales, sanará sus vínculos sobrenaturales… ¿y qué mayor misión se puede tener que ayudar a nuestros hermanos a que lo sientan a Dios como un verdadero Padre?

¿Qué me llevo de las Misiones Familiares?

De las Misiones Familiares me llevo una profunda enseñanza de vida, que me dice que la receta para cumplir la vocación de la familia es ser sencillo y simple como un niño ante Dios, y no tener miedo de amar aunque se tenga la certeza de que para ello hay que aprender a renunciar a uno mismo.

Me llevo jefes que estuvieron siempre al servicio y que, para conquistar corazones, pusieron como prenda su propio corazón, sin tener miedo a sufrir.

Me llevo líderes que guiaron con lo que tenían y eran, mostrando no solamente sus fortalezas, sino también sus debilidades (aunque eso trajera consigo algunas lágrimas y se robara el orgullo que quedaba), brindándole de esa manera todo el mérito a Dios por todo lo bueno que hacían, ya que al ver la luminosidad que irradiaban sus actos de amor uno podía ver al mismo Padre detrás de cada frágil corazón, sosteniéndolo con toda firmeza.

Me llevo profundas experiencias de infancia espiritual, de sentirme pequeña y amada por Dios, de sentirme hija.

Me llevo rostros y nombres de Sauce de Luna, que al ser visitados en sus casas, abrían sus corazones haciéndonos entender que no era verdaderamente a nosotros a quienes recibían, sino que era a la mismísima Mater que había querido golpear a su puerta.

Me llevo familias que entregaron su más precioso tesoro, la intimidad de sus hogares, abriéndolos con generosidad para compartirlo con otros, regalando a sus propios hermanos y padres, hijos y esposos.

Me llevo un profundo sentimiento de Iglesia, entendiendo que somos todos parte del Cuerpo Místico de Cristo, y que estamos todos unidos en su infinito amor, y en la misión de transmitirle al mundo esa buena nueva, sin importar condición social, vivienda o educación.

Me llevo hermanos en la Mater, en Schoenstatt, con quienes no comparto ni el color de pelo ni el color de ojos, pero comparto (como decía una gran persona) el color de alma.

De las Misiones Familiares me llevo muchas cosas. De las Misiones Familiares me llevo muchas ganas de volver.

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