Mi experiencia de pasar el invierno y la Navidad en Schoenstatt

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BUENOS AIRES, Tomás Garzón, Pasaron 365 días desde mi llegada a Schoenstatt, y aproximadamente 270 desde que un moderno avión redujo las distancias que para mi corazón habían sido grandísimas, a tan sólo 14 horas. Casi una burla premeditada, o un frío cálculo de combustible, peso, velocidad del viento y kilómetros restantes. Adentro mío, sin embargo, eran muchas más las variables de análisis al regresar, y muy inferior la capacidad de procesamiento de la información. Tanto, que este artículo me fue requerido 15 días antes de mi partida, pero me tomó 9 meses de reflexión.

Cualquiera que crece en el camino de Schoenstatt entiende la fuerte dimensión lugareña que implica Schoenstatt. Claro, esa dimensión se llama Santuario. Y hay uno, entre todos, que es especial, que es el primero. Todos hemos abrazado la idea de peregrinar hasta la pequeña capilla en Vallendar, Alemania, en algún momento de nuestra vida. A mí ya me había tocado, y en un momento especialísimo: el Festival de la Juventud, de 2005.

Hay una sensación que es única, como un amor a primera vista, que pocos lugares son capaces de generar: cuando la estadía apenas comienza, uno ya tiene la certeza de querer volver a ese mismo lugar en el futuro. No importa lo que pase en ese tiempo, uno sabe perfectamente que no será suficiente. Así me sentí cuando llegué a Schoenstatt por primera vez, y por eso no demoré ni una semana en comenzar mi proyecto de regresar al aterrizar en Buenos Aires.

¿Quién diría que mi intuición me iba a llevar sin escalas a la persona indicada? Sin demasiada idea, le escribí un mail a la Hermana Kornelia –”la persona más creíble en Schoenstatt después del P. Kentenich”, según mi asesor en la Juventud– cuya respuesta me dio todos los incentivos que necesitaba. Las puertas estaban abiertas, había entusiasmo, y sobre todo, una gran predisposición para hacer posible mi proyecto. Fechas, tareas, viabilidad económica, todo se fue resolviendo como si fuera fácil. Quizás lo es, mientras abunden confianza en Dios y ganas.

A trabajar en serio

Como estudiante de Comunicación Social, cuando me planteé ir a trabajar a la Oficina de Prensa de Schoenstatt, buscaba realmente tener una experiencia de crecimiento profesional. Mis expectativas fueron superadas: me encontré con un ambiente laboral cálido, familiar, bien schoenstattiano, y al mismo tiempo, una idea concisa y bien lograda sobre los objetivos del trabajo. ¡Existe una idea de periodismo y comunicación del Padre Kentenich! La Hermana M. Kornelia ha transformado esas ideas visionarias en una página de Internet, un formato que seguramente Kentenich no imaginó pero se ajusta perfectamente a sus conceptos.

Un tema personal

Haber estado en Schoenstatt durante tres meses fue tiempo suficiente para conocer cada rincón, hacerlo propio y empezar a transitarlo con cierta naturalidad. Sin dejar de ser un lugar soñado, claro. Y sin embargo, la marca que me deja es en primer lugar el conjunto de personas que le dieron vida, con quienes compartí Schoenstatt. Los momentos devenidos recuerdos tienen siempre caras, voces, dialectos o idiomas variados e incluso costumbres particulares. Mi hogar, la Schoenstatt Summer House, es el mejor ejemplo. Tres alemanes, dos indios, dos mejicanos y un argentino formábamos un espacio internacional que no puede más que ampliar los horizontes de sus miembros.

Por otra parte, el P. Franz Widmaier, anfitrión infalible de cualquier joven que pase por Schoenstatt, con quien compartimos muchísimas cenas en la Casa Franz Reinisch; las voluntarias de Sonnenau, comandadas por la Hermana Vernita; las Hermanas de María, junto con quienes participé de un festival navideño durante dos semanas; los ocasionales peregrinos polacos, norteamericanos y chilenos. Todos ellos –y otros tantos– construyeron mi recuerdo de Schoenstatt: un mundo pequeño y a la vez interminable de personas signadas por las palabras de un hombre profético, que nos vino a recordar que Dios es Padre, y nosotros sus hijos.

Fuente: http://www.schoenstatt.de

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