Recuerdos de tres meses de trabajo en la Casa del Niño, en Villa Ballester, Argentina

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Regina Heggenberger. Lo que queda del sueño al despertar por la mañana, es casi exclusivamente en alemán. También los pensamientos durante el día son mayoritariamente en alemán. Sólo algunas veces aparece todavía más rápidamente en las circunvoluciones del cerebro alguna palabra en castellano y se adelanta al término alemán. Estoy de vuelta en casa.

Durante muchos años soñé con conocer Sudamérica. Y el sueño se hizo realidad: estuve tres meses en Buenos Aires, Argentina, que con su conurbano, tiene 11,5 millones de habitantes. Por su población es la segunda ciudad de América del sur. Ruidosa, calurosa en verano, por todas partes se ven muchos niños. En el suburbio donde viví, en todas las esquinas se escucha música, se oyen motores rugientes, hay incontables perros, una cordialidad amistosa, baches devastadores en las calles, una omnipresente servicialidad, pocas señales de orientación vial, siempre hay gente en las calles, una hospitalidad impresionante, un invierno anticipado, comida extraña…

En general: extraño, muy extraño. Por supuesto que esto lo “sabía” de antemano. Sin embargo, cuando estuve muy metida en esto, sentí lo que se experimenta cuando todo el entorno es desconocido: la comida, los olores, las personas, el tránsito, la forma de saludar, las costumbres, la “propia” cama, el ritmo del día… La consecuencia: el alma se reestructura. Un caos. Todo se pone patas arriba. Mucho se ubica en su sitio de nuevo. Se activaron capacidades que por largo tiempo estuvieron “dormidas”. Surgieron fuerzas insospechadas donde ya hacía tiempo no lo esperaba, donde yo, meses antes, aún hubiera estado convencida de que “no, esto aún no lo puedo superar…”

Mis tres meses en la Argentina

  • Experimenté durante tres meses la hospitalidad de familias argentinas.
  • Colaboraré durante tres meses en una Casa del Niño, en uno de los muchos distritos pobres del conurbano de Buenos Aires.
  • Recibí, en algunos viajes cortos, fuertes impresiones de este gigantesco país de los extremos
  • Viví durante tres meses Schoenstatt “a la argentina” – y esto no tiene nada, pero nada peyorativo, al cotnrario
  • Aprendí, viví y disfruté durante cinco semanas del tango argentino, algo totalmente distinto a lo que conocía.

Estas fueron las cosas que allá llenaron mis días, hasta que casi estallaron. Las horas eran siempre demasiado pocas. Fue – y aún lo es – un tiempo increíblemente intenso para mí. Las cosas que antes de ir a la Argentina me habían ocupado intensamente, fueron relegadas totalmente a un último plano en la conciencia, y al mismo tiempo allí se pudieron aclarar: por así decirlo, “en descanso”. Así me distancié de muchas cosas que antes me eran demasiado importantes…

Filialidad y pasión

La filialidad llegó a tener para mí una dimensión nueva, increíblemente concreta. Lo que para mí fue difícil en las primeras semanas allá – en muchas cosas, porque era tan extraño sentirme desvalida como un niño de cinco años – intenté verlo de otra manera. Pues no es tan frecuente que en la edad adulta exista la real oportunidad de tener este estado de ánimo. Aprendí allí a aceptar y a pedir ayuda. Creció la calma, la serenidad y la confianza.

Algo que me impresionó mucho fue la celebración de una Alianza de Amor. Santa Misa y una gran fiesta, veinte jóvenes, perfectamente arreglados y con trajes informales, en un salón muy caluroso repleto de parientes y amigos. Entrega, emoción, desbordante alegría, pasión. Pasión por la gran meta común, por la Reina de todos, por el Padre que une.

Para mí, como alemana, continuamente me sorprendía la evidente religiosidad en la conciencia pública. Imágenes de la Virgen en todas partes: sobre la heladera, de múltiples maneras. En el lavadero, en el teléfono, en la vidriera de la carnicería, también en los quioscos. En el almacén está en un lugar central: en un estante entre botellas de bebidas. En todo está nuestra MTA. También los ómnibus y los taxis están bien equipados con estampitas de diversos santos. Tuve la impresión de que la confianza en Dios está evidentemente arraigada en el sentimiento de vida.

Una mentalidad diferente

La mentalidad de este pueblo es para mí uno de los muchos enigmas fascinantes que se me presentaron. Sacudido por las crisis durante décadas, por políticos perversos y corruptos. Increíblemente dispuesto a ayudar. Muy, muy abierto para los extranjeros. Con mucho interés en todo. Orgulloso. Muy orgulloso. Una confianza en sí mismo muy distinta a la que tenemos los alemanes. Impresionante.

Algo que experimenté allí por primera vez tan claramente: la fuerte marca de la educación en la gente y en la sociedad, mejor dicho, lo que sucede si la educación es francamente mala. Para mí, hasta allí inesperadas consecuencias en todas las áreas. También entre nosotros, en Alemania, hay una situación penosa en el sistema educativo y en el manejo de los niños, ¡y sin embargo nos lamentamos en un muy alto nivel!. Allá algunos tienen acceso a una buena educación, pero para una gran masa es insuficiente y por ello sus niños están apresados en un círculo vicioso que es muy, muy difícil de quebrar.

En la Argentina encontré de nuevo el amor a Alemania… y a mi Argentina.

Lo que descubrí en la Argentina en una nueva dimensión, es el amor a mi patria. Si las circunstancias por las que lo he notado fueron algunas veces duras, también fue hermoso descubrir continuamente como dependo de mi patria. Noté continuamente en pequeñeces que soy alemana y que lo soy con gusto. En la primera noche después de mi regreso gocé estar sin miedo en la oscuridad, sentir el perfume de las flores en las calles. Despreocupada y libre. Aquí experimenté, y sobre todo gocé de nuevo, muchas cosas de una manera nueva.

Y lo que también queda no es solo que he descubierto de nuevo mi amor por Alemania, sino que ahora está también la Argentina en mi corazón. Otro país que amo. ¡Y eso que hubo incluso días en que lo único que quería era irme de ese país!. En estos momentos conté las semanas que debía quedarme hasta regresar a casa. Sin embargo ahora ha quedado allá un pedacito de mi corazón. Tan loco, tan increíble, tan gigantesco en todas sus dimensiones, desafiante, extremo, lleno de movimiento, ritmo y música. Y esas personas que ahora son mis amigos. Amigos en el otro lado del planeta…

Y esto es también lo que queda: amigos en el otro lado del planeta. ¡Nuestra Familia de Schoenstatt es una verdadera familia!

Me alegro por todos los que vayan a Sudamérica. En “mi” “Casa del niño María de Nazaret” la posibilidad de colaborar es permanente. Los niños y las maestras agradecen y se alegran enormemente por cada visita de Europa. Y hay allá una gran ayuda en la búsqueda de alojamiento. Por consiguiente quien tenga ganas de ir a la Argentina y de gozarla a full, que aprenda castellano (¡mejor de lo que hice yo!) y tome sus cosas. Y naturalmente, con mucho gusto le daré la información que desee.

Me alegro por mi visitante argentina, a la que podré hospedar dentro de seis meses. Me alegro por cada argentino que encuentro en Alemania y me alegro mucho más aún por la próxima vez que viaje a la Argentina. Pues también esto es algo que queda: el anhelo por la próxima vez.

Fuente: http://www.schoenstatt.de

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