Carta de Alianza – Marzo de 2007

Querida Familia de Schoenstatt:

Después de la pausa de las vacaciones retomo el encuentro epistolar de cada mes, a fin de estrechar vínculos en la fuerza de la Alianza y construir juntos la Familia del Padre.

Estamos ya en plena cuaresma y este 18 de marzo, día de Alianza y domingo, el Evangelio nos trae la ilustrativa parábola del hijo pródigo (derrochador) o, visto de otra perspectiva, la parábola del Padre misericordioso (Lucas 15, 1-3. 11-32).

Tenemos tres actores: el hijo menor, que pidió a su padre su parte de la herencia y se fue de la casa; malgastó todos los bienes, la libertad, la gracia, y terminó viviendo y comiendo con los cerdos, es decir en la miseria total. Un buen día, sinceramente arrepentido, decide volver y pedir perdón a su padre: “Padre he pecado contra el Cielo y contra ti”, contra Dios Padre y contra ti, mi padre; y se puso en camino, de regreso a casa. El segundo actor es el padre, que dio al hijo lo que le pertenecía, su herencia y libertad y lo ve partir. Sabía que su hijo estaba viviendo mal y su corazón de padre sufría. Lo esperaba de regreso cada día, durante años, y nos lo imaginamos mirando el horizonte, con los ojos y el corazón bien abiertos, anhelante y sin rencor. Un día como tantos, mientras esperaba a su hijo perdido, lo vio venir a lo lejos por el camino, y dice Lucas que “lo vio y se conmovió hondamente”. Salió corriendo para alcanzarlo, lo abrazó y lo besó. Dice José Luis Martín Descalzo, sacerdote y escritor español, que seguramente cuando el hijo, arrodillado, quiso pronunciar las palabras de arrepentimiento y perdón, el padre con su mano debe haber tapado los labios de su hijo y, entre lágrimas de alegría, lo levantó y se unieron en un profundo, fuerte y cálido abrazo. El padre pide que le pongan al hijo las sandalias y el anillo, símbolos de la dignidad y la pertenencia recobradas. Y se organizó una gran fiesta por el hijo vuelto a la vida. Y por último, el tercer personaje de esta historia, el hijo mayor: él siempre había cumplido con todos los mandatos de su padre, se había portado bien y siempre había estado junto a él. Había visto también la partida del hermano menor, su mala vida y el dolor que había causado en su padre. Y ahora que “ese hijo tuyo” volvía arrepentido, le daba el perdón y le hacía fiesta: era demasiado, era totalmente injusto.

Todos tenemos algo del hijo pródigo y del mayor. Alguna vez nos hemos “ido” y malgastamos la libertad y la gracia, nos hemos equivocado sin querer y queriendo también; luego nos hemos arrepentido sinceramente y hemos experimentado el amor de Dios: un amor cálido que nos ha cobijado; un amor fuerte que nos ha levantado; un amor fiel que se ha mantenido a pesar de nosotros y nos ha esperado. Pero también tenemos algo del hijo mayor: nos esmeramos en hacer las cosas bien pero somos intolerantes con los defectos de los demás; valoramos a los otros según nuestros criterios “absolutos” y somos miopes para reconocer lo bueno que excede a nuestros esquemas; nos cuesta creer en el sincero arrepentimiento del que ha hecho algo malo y decimos “mirá ese, cómo va a Misa y comulga…”; pero mucho más nos cuesta vincular justicia con misericordia y reconciliación. A veces confundimos la misericordia con debilidad y permisividad. Pero también confundimos la justicia con la revancha y el solapado anhelo de venganza. ¿Cómo podemos rezar entonces cada día “perdona nuestros pecados como se los perdonamos a los que nos ofenden”? ¿Cómo entender las palabras del Señor “misericordia quiero no sacrificios; no he venido a llamar a los justos sino a los pecadores” (Mat. 9, 13)?

Me imagino al buen padre del evangelio viendo a sus hijos, los argentinos, que ciegos y endurecidos de corazón luchamos por “nuestros” derechos excluyendo de sus derechos a los demás. Es la supremacía del interés personal, la ley de la selva, el canibalismo social de arriba y de abajo, la voracidad de los oportunistas que ostentan algún tipo de poder. Muy por el contrario el padre busca la unidad de sus hijos basada en la verdad que reconoce lo justo y el amor que todo lo supera y sana. Unidad y no exclusión. El Cardenal Bergoglio nos lo recuerda claramente: “Para refundar los vínculos sociales debemos apelar a la ética de la solidaridad y generar una cultura del encuentro. Ante la cultura del fragmento, como algunos lo han querido llamar, o de la “no integración”, se nos exige, aún más en los tiempos difíciles, no favorecer a los que pretenden capitalizar el resentimiento, el olvido de nuestra historia compartida, o se regodean en debilitar los vínculos, manipular la memoria y comerciar con utopías de utilería. Para una cultura del encuentro necesitamos… construir un universalismo integrador que respete las diferencias; necesitamos también del diálogo fecundo para un proyecto compartido.” (“La nación por construir”, pag. 43)

Como Familia de Schoenstatt este año 2007 queremos trabajar por una “Patria Familia”, por la cultura del encuentro y la solidaridad, por la unidad en la verdad y el amor, por una cultura de alianza de amor. En cuaresma Cristo nos llama a un encuentro personal con Él, quien busca la conversión de nuestro duro corazón, y con Él crecer más en el amor. Benedicto XVI nos dice: “el amor al prójimo es un camino para encontrar también a Dios, y cerrar los ojos ante el prójimo nos convierte en ciegos ante Dios” (Deus Caritas est, nº 16) En cuaresma hacemos más obras y sacrificios por amor. Tal vez podría sacrificar mi opinión que siempre excluye a… para incluir la opinión de…;

podría sacrificar mi última palabra lapidaria para escuchar lo que necesita el otro;

podría sacrificar mi queja diaria para ofrecer una alabanza por algo bueno;

podría sacrificar mi terquedad para comenzar a dialogar con mi familia;

podría sacrificar mi comodidad para buscar el bien de otros….

Construir comunidad, una Patria Familia, es dar la mano, “ponerse la patria al hombro” (Card. Bergoglio), y al hermano concreto también, con un amor grande, fuerte y fiel.

Querida Familia de Schoenstatt, que en alianza con María crezcamos en un amor generoso y fuerte para gestar espíritu de Familia y mantenerlo; un amor fiel hasta el dolor del “viernes santo” y lleno de esperanza victoriosa en el “domingo de resurrección”.

Reciban desde el Santuario del Padre un cordial saludo y mi bendición. Que tengan un feliz dia de Alianza.

En Cristo y María,

P. Javier Arteaga

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