Seis días que cambiaron mi vida

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LA PLATA. Como cada verano, nuevamente este año partieron matrimonios y jóvenes del Movimiento de Schoenstatt de La Plata a las “Misiones Familiares” en un pueblo de Entre Ríos. Para una de las jóvenes que participó fue una experiencia que cambió todo.

El tema de las misiones rondaba en mi cabeza desde que Gastón (mi mejor amigo) había hecho la experiencia y me contó lo que había sentido y la importancia que había tenido esto en su vida. Cuando a fin de año se me presentó la posibilidad de ir, realmente no me encontré muy entusiasmada y prácticamente descarté la idea de ir. Pero cuando Gastón vino de vuelta a invitarme a ir, me lo replanteé y fui totalmente convencida de que yo no iba a poder hacer nada, porque no me sentía ni afín con la Iglesia ni me interesaba mucho todo lo que tenía que ver con ella; lo iba a hacer porque me lo pedía alguien a quien yo quería mucho. Pero en el fondo, muy en el fondo, sabía que necesitaba encontrar la respuesta a una pregunta que me había estado haciendo en el último tiempo: ¿Por qué me había alejado tanto de Dios? Y eso no me gustaba porque creía que el fin no debía ser personal y yo en cierta forma lo estaba haciendo por mí.

Hablar de alguien desconocido…

El 24 de enero a las 4 de la mañana salí para la casita de la familia de Schoenstatt; cuando llegué me sentí muy rara: estaba yendo a un lugar con gente que no conocía, no sabía muy bien qué iba a hacer, e iba a tener que hablar de Alguien que en ese momento era desconocido para mí. Llena de prejuicios me subí al micro, me puse a pensar en mis cosas, en mi vida y mis problemas; dejé todo librado a la suerte. El grupo de chicos con los que viajaba era muy divertido, y la confianza que me daban hacía que cada vez me sintiera menos lejos de casa. Enseguida se pusieron a hablar entre todos, los que se conocían y los que no también. Más tarde me di cuenta de que esa predisposición a estar juntos desde el principio, de irnos conociendo nos iba a servir para apoyarnos entre nosotros y , lo más importante, para poder unir al pueblo mostrándoles que nosotros éramos gente de todo el país y que muchos no nos habíamos visto en nuestra vidas…

Cambio de mentalidad

A eso de las 5 de la tarde llegamos a Sauce de Luna. Cuando entramos me sorprendí muchísimo de que la gente se parara a mirar con tanta curiosidad el micro. Pero más tarde me di cuenta de que para ese pueblo, aislado de todo y olvidado hasta por los mismos habitantes que en determinado momento de sus vidas lo habían abandonado, ver un micro lleno de gente que venía gritando, saltando, cantando, y que encima esa gente fueran la mayoría adolescentes, era todo un acontecimiento. Mientras tanto yo adentro del micro estaba sentada y no me sentía parte de esa emoción que todavía no entendía; íbamos a misionar y todos iban con una exaltación y felicidad como si fueran de viaje de egresados. Cuando bajamos en el jardín del pueblo, donde nos íbamos a instalar, había un grupo de señoras que nos recibieron. Desde ese momento mi mentalidad cambió: una de las señoras me abrazó fuerte y me besó, y se empezaron a responder algunas de las preguntas que tanto me había hecho. Ese día limpiamos todo el lugar y fue increíble ver cómo todos colaboraban y nadie tenia que pedirlo, había mucha voluntad y las cosas se hacían cantando y con mucha alegría. Después, a la hora de la cena, se sirvió la comida entre todos y los que cocinaban eran personas del propio pueblo que se habían ofrecido.

Entablando relaciones

Yo estaba desorientada, el ambiente familiar me resultaba cómodo pero a la vez extraño, era toda gente desconocida y sin embargo el clima era el de una gran reunión familiar. Incluso cuando me senté a comer me tocó al lado de uno de los padres que enseguida se puso a hablarme y así empecé, de a poquito, a relacionarme con cada uno de los misioneros. Esa noche tuvimos una oración y nos fuimos a acostar; yo dormía al lado de un grupo de chicas que enseguida se acercaron a mí y me dejaron entrar naturalmente en una amistad que venía de años. Al día siguiente nos despertamos y estaba lloviendo. El panorama se complicaba para mí, no tenía ganas de mojarme y embarrarme, y además extrañaba y pensaba mucho en mi familia que en ese momento estaba viajando de vacaciones a Mar del Plata. Desayuné y vi que todos estaban tan emocionados y con tantas pilas como si el sol estuviese radiante. Tuvimos una oración y nos juntamos con la familia de misión.

Esto que recién comenzaba a vivir

Nos dividieron en grupos de a dos (por suerte a mí me tocó con Gastón, porque realmente estaba bastante perdida y él ya tenía una misión previa) y salimos a la calle. Nuestro “padre” de familia de misión nos dijo que fuésemos al hospital, así que fuimos nosotros dos y dos chicos más. Ahora yo tenía el triple de nervios porque me imaginaba el rechazo de los enfermeros y situaciones fuertes con los enfermos; en la puerta me temblaba todo el cuerpo y dejé que los chicos que habían venido con nosotros hablaran con las enfermeras. Sin embargo ocurrió todo lo contrario: las enfermeras estaban muy contentas de que estuviéramos ahí y nos dieron la bienvenida con los brazos abiertos. Entramos en una habitación y estuvimos hablando con un hombre que no tenía familia, y le enseñamos y rezamos con él un rosario. Para mí era increíble: estaba rezando un rosario después de un año de no haber rezado nada, estaba hablando de la Mater y presentándole su imagen a otra persona mientras que yo veía hacía dos meses una imagen de la Virgen y miraba para otro lado.

Luego entramos en una habitación donde había tres mujeres. Yo me puse a hablar con una de ellas sobre las actividades que íbamos a realizar en los días próximos en el pueblo y después me fui a la otra cama en la que había una viejita; desde que me puse a hablar con ella de lo que veníamos a hacer me sorprendí, porque le estaba explicando algo que yo pensaba que no entendía y por si esto fuera poco le aconsejaba que le encomiende la salud de su familia a la Mater. Luego le dije que rezáramos un rosario, que yo iba a pedir por sus intenciones en la misa y que iba a rezar por ella. Esa señora me produjo algo muy raro; sobre todo cuando se puso a hablar de su hijo muerto, de su esposo ciego, de sus hijos dispersos por todo el país y de los nietos que hacía tanto no veía, me sentí en la obligación de ayudarla, de hacer algo para que aunque sea su estadía en el hospital no fuese tan dura y se sintiera acompañada; le colgué el rosario y le prometí que la volvería a visitar. Cada vez que llegábamos de misionar las madres que nos habían tocado tanto de misión como de familia nos preguntaban cómo nos había ido, algunos chicos que yo conocía y un par que había conocido recién también me preguntaban qué me había parecido, cómo me había ido; eso iba haciendo que mis preocupaciones se fueran yendo poco a poco y me fuese dejando llevar por esto que recién comenzaba a vivir.

Todo tan simple como charlar y tratar de ayudar, traer la alegría de la guitarra, rezar un rosario…

A la tarde de ese día fuimos a una casa en particular, para hablar con una de las hijas de una de las mujeres del hospital. Cuando llegamos era sorprendente la limpieza que había en esa casilla a la que fuimos, las dos chicas ya estaban bañadas y tenían todo ordenado. Nos pusimos a hablar con las dos hermanas que estaban ahí y escuchamos cosas muy complicadas: una de ellas había tenido una vida muy dura y recién tenia 20 años y la otra era una adolescente con todos los problemas propios de la edad. Otra vez todos nos pusimos a hablar con ellas pero no desde un punto crítico y desde el lugar de juzgar sino desde el entendimiento y el consejo desinteresado y sano. La mayor me hizo entrar a la casa y me contó algunos de sus secretos más íntimos, y nos pusimos a hablar de su vida como si fuéramos viejas amigas. Allí me di cuenta que ahí estaba lo que había venido a hacer, estaba en prestarle atención a personas que se sentían solas, personas que se consideraban juzgadas y que nadie las podía entender, era todo tan simple como charlar y tratar de ayudar con algún consejo, era traer la alegría de la guitarra y ponerse a cantar un rato con el que no tenía ganas de abrirse y charlar, era rezar un rosario con el que se sentía desesperanzado, o ir a visitar al que se sentía solo y olvidado, y después fui descubriendo muchas más cosas que yo podía dar y también muchas cosas que me enriquecían a mí también. A lo largo de los días me fui sintiendo cada vez más adentro de esa familia (la de los misioneros) que ahora ya no era para mí una cuestión de organización sino que realmente había generado un vínculo sincero y que nos ayudaba a sostenernos entre nosotros, ese vínculo que nos daba fuerza para seguir misionando.

Ya no quería irme, quería seguir recorriendo casas, comprometerme a hacer algo

También, con el paso del tiempo, fui comenzando a rezar. Las noches de espiritualidad que al principio se tornaban densas, interminables y tan alejadas, se iban convirtiendo ahora en el espacio necesario para mi reflexión, para mi diálogo (perdido y tantas veces añorado) con Dios y con la Mater; cada vez se me iba haciendo más necesario tener esas horas de silencio con Dios en el que me replanteaba lo que me había estado sucediendo en el último año de mi vida. Necesitaba disculparme por haberlo abandonado, necesitaba que me volviera a abrir los ojos para reconocer el camino, necesitaba que me ayude a volver a estar en su compañía y era en esas noches en donde yo podía de a poquito volver a tener ese contacto. Sin embargo, descubrí también que durante el día, mientras misionaba o realizaba alguna actividad, estaba también esa compañía y supongo que era justamente esa presencia la que hacía que yo hablara de la manera que estaba hablando con la gente.

Ya no me sentía sola, ya no me preguntaba qué estaba haciendo ahí, no quería irme, quería seguir recorriendo casas, me quería comprometer a hacer algo, necesitaba solucionar los problemas de todos con los que había hablado y darles respuestas concretas, quería hablar con el intendente, con el obispo, a la noche me acostaba pensando en no olvidarme nada de lo que había prometido a las personas, ni de sus problemas, y de acordarme qué tenía que hacer. Aunque después comprendí que nosotros no estábamos ahí para solucionar la vida de ninguno de los habitantes del pueblo, después entendí que nosotros íbamos a sembrar en esas casas la esperanza perdida, a dar el aliento necesario para seguir, a prestarles atención sin ningún tipo de prejuicios, a aconsejar sin intereses ni mala predisposición, a hacer actividades para unirlos y descubrir que juntos es más fácil, a devolverles un poco de alegría para que ellos sigan alimentándola, a dejar el ejemplo de que la juventud se preocupa por lo que está pasando y que hay gente que no vive sólo para sí misma y quiere compartir su fe con otros, a intercambiar costumbres y aceptar a cada uno como es e integrarlo.

Voy a poner todo el empeño para que esto no termine ahí

No creo que haya dejado en el pueblo ni una mínima parte de lo que yo me llevé de allí, su cariño, su reconocimiento, su hospitalidad, la sinceridad, la pureza, el cariño de los niños y de los ancianos. Todo eso sumado a la experiencia de vivir con gente que no conocía como si fuese en familia hizo que la vida ya no tenga el mismo sentido que había tenido hasta ahora. Esa gente con la que conviví esos 6 días tenía demasiada fuerza y convicción de lo que estaba haciendo, esa gente me enseñó muchísimo y me dio mucha fuerza para empezar un nuevo camino. El año empieza para mí, esta vez distinto, no sé si pude recuperar del todo mi fe y mi relación con Dios pero hay algo de lo que estoy segura y es que voy a poner todo el empeño para que esto no termine ahí y para que el año que viene en las misiones pueda estar yo con la misma fortaleza interior que tenían mis compañeros de misión, para llegar mejor a la gente y poder entregar más de lo que di este año y para apoyar yo también a mis compañeros como muestra de mi agradecimiento por el apoyo que ellos me dieron durante estas misiones.

Fuente www.schoenstatt.de. © 2006 Schönstatt-Bewegung in Deutschland, PressOffice Schönstatt, hbre, All rights reserved, Impressum

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